jueves, 8 de septiembre de 2016

Por qué odio Bariloche

Por Martín Estévez

Vengo a traerles una solución gratuita, inmediata y efectiva para las etapas difíciles, para los momentos de mierda que atraviesen durante el resto de sus vidas. No hacen falta pastillas ni obra social, ni siquiera tener tarjeta SUBE: lo único necesario es seguir este consejo detallada e intensamente. Van a ver qué sencillo y maravilloso resulta.

¿Cómo es el truco? Facilísimo: cuando estén tristes, relájense y enfoquen su mente en un momento. No en cualquier momento, sino en un recuerdo muy puntual: en el peor viaje de sus vidas. En aquellas horas, aquellos días en los que estuvieron lejos de casa, incómodos, aburridos, angustiados, deprimidos o desesperados. Todos tuvimos un viaje de esos, seguro que sí. El truco comienza de esa manera: vuelvan el tiempo hacia atrás y siéntanse de nuevo esas personas que fueron. Revivan esa angustia minuto a minuto.

Aunque todavía no haya terminado de explicar mi método, háganme caso: sirve en serio. Si lo hacen bien, con compromiso, funciona. Por ahora, mientras ustedes intentan recordar cuál fue ese viaje nefasto del que se arrepienten, les voy a contar el que yo utilizo siempre, el que tiene cien por ciento de efectividad, el que no me falla nunca: mi viaje a Bariloche.


¡Ay, pero qué viaje de mierda! Nunca más, como en aquel julio de 2001, se unieron tantos factores negativos, tantas porquerías tristes, en una misma semana. Aunque intento recordar algo bueno, enseguida llegan las sombras, la pesadilla real, y me empieza a doler la panza. Qué horrible fue.

Repasemos el elenco:

♦ Una novia sociable que detestaba que yo fuera antisociable.

♦ Tres amigos enojados dispuestos a hacerme la vida imposible.

♦ Doscientos treinta adolescentes desesperados por alcohol, noche y lujuria.

♦ Un anteojudo inseguro que detestaba el alcohol, la noche y la lujuria: yo.

Arrancó mal desde el principio, en el viaje de ida: todos intercambiaban asientos menos yo; y el nerd del otro curso vomitaba sin parar. Hasta él supo que, para encajar, tenía que emborracharse o fingir. Pero yo no: yo era incorruptible, estúpidamente fiel a mis principios. Y mis principios, lo reconozco, eran parecidos a los de una evangelista de 45 años.

A ver si me entienden: tenía 17 años y nunca había probado cerveza. Ni vino. Ni licor. Ni una gota. Sólo una vez había ido a un boliche (Majito, los de Lomas saben de qué hablo) y me alcanzó para saber que no quería ir nunca más. Predicaba el pacifismo, la honradez, la reflexión con galletitas y vasos de agua. Bariloche no puso a prueba mis creencias: se burló de ellas, las humilló, las enterró en la nieve, las desenterró frías y me las tiró encima.

Llegué a Bariloche con cuatro amigos y volví con uno. Tres de ellos (tal vez celosos porque tenía novia, tal vez porque ya no me querían) me advirtieron que no compartirían habitación conmigo, que buscara una con gente "que estuviera en pareja". Mi cuarto amigo, Nicolás, no fue a Bariloche.

Al final, Marcelo, Lucas y Juan Manuel tuvieron que aceptarme en su habitación, pero se encargaron de dejarme afuera la primera noche (sólo teníamos dos llaves) para evidenciar que no me lo harían fácil. Esa noche ya había descubierto que el tiempo no es constante: no solamente avanza rápido cuando tu equipo pierde 1 a 0; sino que pasa muy, pero muy lento cuando te sentás en un boliche a esperar que amanezca. Son noches extensas, eternas, infinitas: tanto, que a veces creo que sigo sentado en algún sillón de Grisú.

Ahora les hago una enumeración rápida para no aburrirlos, pero cuando uso a Bariloche como método para no estar triste, no vale apurarse. Hay que hundirse en cada detalle tenebroso, en cada tortura psicológica de aquella excursión infernal.

Los días arrancaban temprano, para ir a tocar la nieve. Yo sufría el frío y también la soledad de los desayunos, pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que usaba anteojos, y los anteojos se mojaban, y no veía nada durante las excursiones. No: lo peor fue cuando alquilamos los trajes para nieve. Como yo andaba solo, llegué último y me quedó el peor: uno de mujer que me hacía parecer un Teletubbie. No, lo peor fue que calzaba 47 y no había botas de nieve para mí: me dieron borcegos de cuero número 44 y me hacían doler mucho, mucho los pies.

(Piénsenlo un segundo: nieve, 5 grados bajo cero, zapatos de cuero tres números más chicos, correr y saltar de un lado a otro. Ay, cómo duelen, la puta que lo parió).

Lo peor, en realidad, fue que con Rosana cumplimos cuatro meses de novios y ella me ignoró todo aquel día. O lo peor, ahora que lo pienso, fue ser el sobrio que acompañaba a los borrachos a su habitación y les ofrecía café. O tal vez lo peor fue que una de las borrachas haya sido Rosana. O el imbécil coordinador catamarqueño que tuvimos. O la noche que fingí fiebre para evitar el martirio del boliche y quedarme solo en el hotel, contando cuántas horas faltaban para volver.

¿O habrá sido peor el momento en que alguien me confesó que quería cagarme a trompadas porque su ex novia gustaba de mí? ¿O cuando me di cuenta de que la compañía con la que viajamos (Río) estaba dispuesta a estafarnos sin escrúpulos? ¿O acaso cuando vi a las chicas más tranquilas y fieles del curso regalarse a cualquier rosarino sin pensar en sus novios?

Yo creo, sin embargo, que lo peor fue estar entre los que decidieron tener, en Bariloche, su primera relación sexual. Fue la última noche antes de volver; Rosana decidió no ir al boliche para quedarnos en su habitación. Estábamos nerviosos y torpes; yo era virgen de cuerpo y también de mente. Todavía no era un degenerado.

Sin embargo, la calefacción y los besos, juntos, funcionaron. Nos excitamos. Por un momento, Bariloche valió la pena. Sobraba tiempo, la habitación estaba cerrada con llave y no importaba cómo lo hiciéramos: lo importante era experimentar, intentarlo, disfrutar.

Yo estaba sacándome el jean cuando la puerta se abrió: las llaves eran dos, y una de las amigas de Rosana entró llorando. Ella también se había quedado. No sólo se había quedado: también había decidido revolcarse con su novio. No sólo se había revolcado: se les había reventado el forro. 

Terminé la noche tranquilizando a ella, a él, a Rosana. Con el jean puesto. Y sin habitación, porque mis ex amigos otra vez me dejaron afuera.

Ni el llamado por teléfono de Gaby me ayudó: me contó que Sessa, Canobbio y Contreras se iban de Racing, y que hasta Chatruc estaba en duda. Ni la foto grupal disimuló: me aplastaron tanto en la torre humana que fui el único al que no se le vio la cara. Ni importó que me regalaran el video del viaje: jamás lo vi, jamás le conté a mi familia que existía.

Ya agobiado por los recuerdos, llega el momento crucial del truco de magia. Respiro hondo y me voy de Bariloche. Viajo lejos, en el tiempo y el espacio, y vuelvo acá. Lomas de Zamora, año 2016. Hace frío, me cuesta aprender latín, sufro cronolitis, no tengo tiempo para nada. Puedo estar lleno de problemas y cansado, pero nada, nada se compara con el infierno de Bariloche. Pienso en que ya no estoy allá, en que estoy acá, y me siento aliviado, tranquilo, esperanzado, ligero. Me siento feliz.

Joaquín Sabina (a quien tengo el disgusto de conocer) dijo que "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver". Yo redoblo su apuesta: afirmo que al lugar donde hemos sido infelices hay que volver seguido, muy seguido, cada vez que estemos tristes. Para recordar que hubo un viaje, un tiempo, una vida, en la que todo fue gris y áspero, en la que todo fue mucho peor. Meter la cabeza debajo de esa pileta amarga sirve para sacarla y darnos cuenta de lo maravilloso que es respirar lejos de ese pasado, de esas desdichas, de esas heridas. Lejos de Bariloche.

jueves, 25 de agosto de 2016

Qué hacer si gustás de tu amiga

Por Martín Estévez

—¡Andá y metele un beso de una! ¡Y listo!

Gastón lo dice como si fuera fácil, como si no fuera peligroso, como si no corriera el riesgo de comerme un cachetazo tremendo por desubicado. 

Es febrero de 2001 y estamos en Mar del Tuyú. Gastón es novio de mi hermana Gaby, que ya había dado su opinión:

—Tenés que tener paciencia, ir despacio. Si ella te quiere de verdad, al final van a terminar juntos...

Gastón es hombre, Gaby es mujer y sus opiniones son bastante típicas de cada género. De lo que estamos hablando es de Rosana, que es mi amiga pero me gusta. Me di cuenta hace dos meses, en un balcón, y ella ya lo sabe. ¡Fui tan torpe! Le dije que tenía un secreto para contarle y, días después, se lo conté... ¡por teléfono! Torpe no: fui un cobarde. Un cagón. 

Resultó un desastre. Me dijo que sólo quería ser mi amiga y terminé llorando como una rana durante 24 horas. Me acuerdo patente: fue la noche del 11 de enero y pasé el día siguiente deambulando, desde las 7 de la mañana hasta las 9 de la noche, por cualquier lugar. Lloré en la calle Colombres, en el Velódromo de Lomas y en su puerta.

Días después, volvimos a hablar y Rosana me pidió tiempo, porque estaba confundida. Y así estamos desde hace un mes. Yo la invité a estas vacaciones, donde estoy con Gaby, Gastón y Tati, pero dijo que no, que mejor no. Será porque le gusta un poco otro (ese tal Hernán) o porque no le gusto tanto yo. No lo sé. La vida es una mierda.

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Hago una pausa para decir que creo en la amistad entre el hombre y la mujer. ¿Sólo en caso de que uno no guste del otro? Todo lo contrario: es necesario que nuestras amigas y amigos nos gusten un poco. Lo digo en serio.

Si pasamos mucho tiempo con una persona, tiene que ser agradable mirarla. Me resulta imposible una amistad sin ese detalle fundamental. No me imagino compartiendo horas, charlas y mates con un tipo al que le salen muchos pelos de la nariz, o con una chica con flequillo. Esa gente no me seduce. Aunque suene superficial, confieso que elijo a mis amistades, primero que nada, por su belleza.

Antes de que algún susceptible empiece a los gritos, aclaro que no considero a la belleza una cualidad física, sino una construcción cultural. Con un cuerpo idéntico, podemos construir a alguien muy feo o a alguien hermoso. Es cuestión de estética, de modales, de vocabulario, de formas, de ideología. Y, especialmente, de gustos personales.

A mí, por ejemplo, Leandro y Andrey me parecen lindos. No tendría relaciones sexuales con ellos ni mamado, pero me gustan un poco. Y todas, pero todas las amigas que he tenido, tuve y tendré, también. Pienso ahora que la lejanía con mi amigo Pablo no comenzó cuando él se fue vivir a Campana; empezó cuando se hizo un peinado aburrido que no me gustó. 

¿Por qué, entonces, no somos pareja de nuestros amigos? Porque nos gustan, pero no lo suficiente. Nos gustan sólo un poco. Con un amigo podemos pasar una tarde, tal vez un fin de semana en carpa, hasta un mes viajando por el corazón de África; pero nos resulta insoportable pensar en dormir todas las noches, y para siempre, al lado de esa persona.

En general, los hombres heterosexuales niegan que sus amigos les parezcan lindos. Lo mismo pasa con las mujeres y sus amigas. Hasta ahí, no surge ningún problema. En cambio, las posibles amistades entre hombre y mujer siempre tienen falsedad o tensión. Existen tres casos.

■ 1) Uno finge ser amigo del otro, pero su deseo es revolcarse entre los yuyos o amarlo para siempre. Ahí hay falsedad.

■ 2) Uno finge ser amigo del otro porque antes compartieron un grupo de amigos. Pero en realidad, como no se gustan, cada vez que se juntan no ven la hora de salir rajando. Otra vez, falsedad.

■ 3) Los dos encuentran algo lindo en el otro, casi siempre están de acuerdo con lo que dicen, hasta consideran divertida la forma de caminar del otro. No soportarían ser pareja, pero tampoco les daría asco darse un beso. Ahí está la tensión. Ahí está la amistad.

Cuando los dos están en pareja, no hay problemas, porque novios y novias suelen derrotar por goleada a los amigos. Una novia acumula requisitos: te calienta, le lavarías las medias sin quejarte y te gusta mirarla cuando está con vos. La mayoría de las personas, en cambio, cumplen uno solo de esos puntos:

si alguien sólo te calienta, lo que querés es manosearlo;

si a alguien sólo le lavarías las medias, es que sos chino y tenés un Lave-Rap;

y si a alguien te gusta mirarlo cuando está con vos (pero no te calienta ni le lavarías las medias), eso es amistad.

Lo divertido de esas amistades ocurre cuando ambos están solteros; el fin de esas amistades suele llegar cuando uno está en pareja y el otro no. Pero de esos temas hablaré en otra ocasión. Fin de la pausa.

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Conocí a Rosana el año pasado. En realidad los dos fuimos a la Escuela N°29 (en distintos turnos) y somos compañeros en el Instituto Lomas desde 1999, pero no me llamó la atención hasta octubre del 2000, cuando, después de un monólogo que hice sobre el color ideal para las toallas, me envió un papelito en el que me preguntaba: ¿De qué color es el cielo?

Empezamos un intercambio de cartas, primero; de llamadas telefónicas, después; y de encuentros en la vereda, más tarde. Rosana fue mi primera amiga mujer y puedo jurar que, al principio, fue sincero. No me parecía linda, pero era ingeniosa, canchera y, especialmente, cocinaba: todos los días, a los 16 años, preparaba plato para cinco en su casa. Yo no lo supe hasta que me lo contó en una carta, en una de esas extensísimas cartas que me escribe. Algunas llegan a tener más de veinte páginas, como ésta:




El problema, como ya conté, es que una noche de diciembre supe que estaba enamorado de ella y todo se fue al diablo. Yo también tengo 16 años, pero no cocino y nunca le di un beso a una chica. Jamás. Ni siquiera estuve cerca.

El romance, a mí, me esquivó a lo bruto. Lo más cerca que estuve de saberme deseado fue un rumor en la primaria ("Yanina dice que no sos tan feo") y un mensaje que leí sobre mi banco ("Martín Estévez y Maira"), escrito por una chica que me daba miedo porque podía cagarme a trompadas con una mano atada. Si recuerdo esos dos casos es porque, de verdad, siempre fui indeseable

Nunca jugué al semáforo o a la botellita por temor a que, si a alguna chica le tocaba besarme, saliera corriendo. Ella, yo, los dos. Y para que no se burlaran de mí había inventado una mentira humilde y creíble: que mi primer beso había sido con mi vecina Carolina, mi novia durante unas semanas. En realidad, no fuimos novios, ni nos dimos un beso. En realidad, nunca tuve una vecina llamada Carolina.

Durante las vacaciones en Mar del Tuyú la pasé muy bien, aunque casi no hice otra cosa que hablar de Rosana. Tati, Gastón y Gaby no me aguantan más. Le busqué regalos, saqué fotos para ella, le escribí cartas. Rosana, Rosana, Rosana. 

¿Qué es, entonces, lo que tenés que hacer cuando una amiga te gusta? ¿Hacerte el boludo, tirar la amistad a la basura, pedir perdón, irte del país? ¿Qué es lo que tengo que hacer?, me pregunté una y otra vez desde aquella noche del 11 de enero y me lo pregunto también hoy, la tarde del 26 de febrero de 2001, en la que por fin volví a verla.

Y acá estamos los dos, desde hace horas en la vereda. Ya le regalé un caracol de peluche, una foto, un gancho de pelo, una carta. Las mujeres saben más de estas cosas, así que, como dijo Gaby, tendré paciencia, iré despacio porque, si ella me quiere, alguna vez terminaremos juntos. No importa el tiempo que haya que esperar.

Es la hora de volver a nuestras casas, me acerco y, como si fuera fácil, como si no fuera peligroso, como si no corriera el riesgo de comerme un cachetazo tremendo por desubicado, le doy un beso en los labios. Uno solo. 

Mil ochocientos treinta y tres días después, Rosana y yo celebraremos, lejos de esta vereda, el quinto aniversario de nuestro noviazgo.

jueves, 11 de agosto de 2016

Lo que aprendí en un balcón

Por Martín Estévez  ¤¤¤  Ilustración: Leandro Ramos

Es 21 de diciembre del 2000 y estoy nervioso. Tengo 16 años y desde hace nueve espero una noche como ésta. No es la fiesta de egresados de mi hermana Gaby lo que me tiene así, si no lo que va a pasar en esa fiesta: estará, invitada por mí, la chica más linda de todos los barrios. No tengo chances con ella: está de novia y no le gusto. El deseo es verla, por una vez, fuera del colegio. Charlar cinco minutos con ella. Sólo eso. Yo no lo sé, pero al final de la noche me llevaré una grandísima sorpresa.

Estoy enamorado de Violeta desde los 7 años. Siempre fui feo, gordo y torpe, pero empecé a cambiar hace poco. Crecí, adelgacé, tomé confianza. Me siento otro: hasta tengo amigos. Y ellos forman parte del plan. La idea es juntarme con Marcelo y Juan Manuel, pasar a buscar a Rosana, e ir todos juntos a la fiesta. Tres de mis cinco amigos estarán ahí para ayudarme a soportar los nervios hasta que llegue ella. Ella.


Marcelo y Juan fueron los intermediarios en la invitación, porque son amigos de Violeta. Yo no: yo sólo la amo. La amo en larguísimo silencio. El plan comienza bien pero sufre un imperfecto cuando pasamos a buscar a Rosana.


No puedo, no puedo ir me dice en la puerta de su casa, con los ojos medio llorososDespués te explico, quedate tranquilo.


Sé lo que pasa: el papá de Rosana está otra vez borracho. Ella, su mamá y sus hermanos arrastran esa adicción desde hace años. La sufren. Cuando toma, es mejor quedarse en casa, para que no se dañe ni dañe a los demás. Dudo un segundo sobre qué decir, qué hacer. Ella me salva.


Andá, Mar me dice. Es una noche importante para vos. Va a salir todo bien, vas a ver. Mañana me contás todo.


Las palabras de Rosana me tranquilizan. Si ella, en esa situación, tiene la generosidad de desearme el bien, tengo que responder con valentía. Vivir la noche en serio, disfrutar de Violeta sin profesores, guardapolvos ni horarios en el medio. Aprender a decirle "hola, gracias por venir" sin temblar como una hoja.


La fiesta avanza rápido. A Gaby la quiero, pero casi no presto atención. Hay cena, música, palabras emotivas. Eso que hay siempre. Yo sólo espero que nada raro pase, que todo siga su curso, que no se arrepienta: que Violeta entre, a la hora pactada, por la puerta principal del salón Torre del Sol.


Termina la parte formal de la fiesta y se acerca el momento esperado. Me siento más raro de lo que pensaba. Más incómodo de lo que pensaba. La noche, la música fuerte, las risas artificiales siempre fueron mis enemigas, pero eso no debería pasar hoy. No esta noche. Pienso por qué, por qué estoy tan raro, hasta que la veo. La veo. Ella.


Guau.


La había visto ciento ochenta veces por año. Tal vez mil ochocientas veces desde que la conocí en sala verde. Pero nunca así: con un vestido hermoso, los ojos delineados, sin tiza alrededor. Ay, Violeta, de dónde saliste, quién te trajo al mundo, quién me dio el derecho a conocerte. Qué se hace, cómo se hace, cómo te arranco de donde nunca estuviste. Ay, Violeta. Ay.



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Después de la conmoción inicial, todo vuelve a la normalidad. Violeta está simpática y conversa cosas triviales con nosotros. La música aturde, algunos gritan y circulan jarras con alcohol que no acepto. Estoy bastante callado y termino alejándome para deambular por el inmenso salón. No sé qué me pasa. No sé qué otra cosa esperaba.

Ya son casi las tres de la mañana y necesito aire. Salgo a un balcón lujoso que muestra casi toda la ciudad de Banfield y me siento en un escaloncito. Por primera vez hay luz nítida, y me miro: tengo una camisa arremangada, un jean canchero, el pelo corto. Después de mucho tiempo, no me siento feo. Pero me siento raro.

—¿Puedo? me pregunta Violeta y se sienta al lado mío con dos (dos) copas de algo. Sonríe. Me da una.

Son las tres de la mañana de una noche del mundo en la que no me siento feo y en la que Violeta se sienta al lado mío y me da una copa. Sopla un viento veraniego, siento su perfume, estamos en un balcón hermoso, con unas luces hermosas, con copas en la mano, ella tiene un vestido y yo tengo una camisa. Si hubiera imaginado algo para esta noche no habría sido tan perfecto como este momento. Si tuviera que guardarme una sola imagen de mi vida, un solo momento, sería este, este instante, esta noche, este silencio y est...

—¿Por qué estás triste? me dice ella. No entiendo lo que me me pregunta.

—¿Qué? le respondo.

—Si no querés no me digas, pero estás triste. Se te nota.

—No... No sé... —titubeo.

—¿Pero en qué pensás? me pregunta con vos suave, y me mira.

—No, que iba a venir Rosana, también... Pero tiene problemas en la casa, medio complicados... Ojalá esté bien.

—Es lindo que te preocupes por ella me sonrió. Va a salir todo bien, vas a ver. Mañana la llamás y listo... ¿Pero igual hubieras querido que venga, no?

—Y sí... La verdad que sí.

Nos quedamos en silencio, viendo la luna, durante varios minutos. Largos, pacíficos, enormes minutos. Minutos de verdad. Después aparecen Marcelo y Juan, un poco excitados, y se llevan a Violeta hacia otra parte. Yo me quedo solo, sentado, mirándome las zapatillas, con una copa en la mano, pensando, mirando, entendiendo, preguntándome, razonando y volviendo a entender. A entender.

Ay, la puta madre que me parió: estoy enamorado de Rosana.

martes, 19 de julio de 2016

El Asesino Anónimo

Por Martín Estévez

Ahora escribo por muchas razones: por cariño, por soberbia, para que me quieran, a veces por dinero y casi siempre porque me parece justo. Pero a los 15 años escribía por una sola cosa: por necesidad. Escribía mucho. Muchísimo. Alguna vez, en esos tiempos, empecé a contar cuántas palabras decía y cuántas escribía en una semana, porque tenía la teoría de que escribía más de lo que hablaba. Perdí la cuenta un martes, pero hubiera sido una competencia pareja.

Mi compulsión por la escritura empezó de chico, anotando resultados deportivos. No los reales: inventaba otros, un poco por aburrimiento y un poco para que Racing ganara alguna vez. Después formé un equipo artístico: mi primo Matías dibujaba y yo escribía. En general, eran superhéroes creados por nosotros, pero una vez nos cebamos y armamos un libro de 48 páginas, tipo "Elige tu propia aventura", con la carrera de un futbolista ficticio. Todavía lo tengo.

Luego empecé con los poemas: montones de reflexiones básicas adolescentes que casi siempre ocultaba por vergüenza; algunas de las cuales, por desvergüenza, ahora aparecen en este blog. Como este extracto de un ensayo llamado 'Y siempre':

Porque al tornillo que nunca se te perdió lo volviste a encontrar 
Y porque siempre falta una linterna cuando estás en cortocircuito
Porque con ese tornillo no la podés fabricar 
Y porque igual lo intentás, lo intentás y lo volvés a intentar
Porque casi lo lográs
Y porque es eternamente casi.

El verso me resultaba fácil, porque escribir en verso es esconder un poco la verdad. Escribir en prosa, en cambio, sin fórmulas ni rimas ni métrica, es más difícil: es descubrir un poco la verdad.

Cuando empecé el Polimodal (últimos tres años de colegio), buscaba desesperadamente cómo comunicarme, pero lo único que encontré fue un boleto del colectivo 562 en mis bolsillos. No importó. Agarré la birome y anoté, en el boleto, seis palabras:

Van a morir

El Asesino Anónimo 

Esperé al recreo y lo dejé sobre el banco de Ivana, porque me parecía la más potra de mis nuevas compañeras. Sin saberlo, estaba empezando mi primera obra literaria: entre 1999 y 2000, escribiría 100 capítulos de El Asesino Anónimo, más una miniserie de cuatro partes sobre un personaje secundario: Bibbo.

El Asesino Anónimo fue una mezcla de formatos, un híbrido con poco sentido. Los primeros textos eran frases sueltas que simulaban ser avisos de películas. Pero una mañana encontré en la calle un montón de fotos viejas desparramadas y me animé: abandoné los boletos y empecé a escribir detrás de esas joyas en formato 10 x 15 que me permitían desplegar mis ideas.

Mis ideas, claro, no eran más que la suma de ideas robadas a decenas de guionistas de historietas. Mi único mérito, si es que tenía alguno, era reducir historias de 300 o 400 páginas al reverso de una foto.

En el primer año se publicaron 50 breves capítulos. Desde el 11 al 18, la fórmula fue tosca: se presentaba un personaje (el Pequeño Justiciero, el Violador de Leyes, la Chica Asesina) y una duda ("¿Qué tenebroso secreto guarda nuestro justiciero preferido?") que nunca era resuelta.

A partir del capítulo 19 comenzaron pequeñas sagas, como Guerra en Buenos Aires (en la que el enemigo era el presidente Carlos Menem); Guerra en el Instituto (a partir de ahí mis compañeros se convirtieron en protagonistas de la historia); Héroes enamorados (el Asesino se separaba de su novia); y la elaborada Crisis en Tierra Asesina, en la que murieron varios protagonistas y el Asesino Anónimo terminó encontrándose con alguien muy especial.

Llegaron las vacaciones y, cuando empezamos segundo año, las fotos se estaban terminando. Un grupo de chicas (tal vez mis primeras fans) juntó plata y compró algo nada barato: un rollo de 36 fotos para que la historia siguiera. Desde el principio, avisé que todo terminaría en el capítulo 100.

Los últimos 50 textos, claro, fueron más interesantes. Mezclaban chistes inocentes, homenajes a historietas y reflexiones sociales. Entre las principales sagas estuvieron Leyendas (donde el Asesino Anónimo queda preso); Leave Me Alone y Love Song (románticas hasta lo insoportable); Todos contra todos (contaba peleas entre compañeros del colegio); y La última historia, capítulos finales en los que aparecieron más de cien personajes y conseguí cerrar el círculo dejándolo abierto.

Confieso que al año siguiente pensé retomar la saga, pero mi popularidad se había ido al tacho y probablemente ya nadie tenía intenciones de leerme.

A la distancia, 16 años después, entiendo que el Asesino Anónimo fue un blog antes de los blogs: el Palabras enreveradas de mi adolescencia. Detesto muchos de esos textos como detestaré lo que escribo ahora cuando tenga 48 años; pero no olvido que no escribía por gusto, sino por necesidad. No olvido que no estaba alardeando: estaba creciendo.

Por eso me animo a invitarlos, si tienen ganas, a recorrer la historia del Asesino Anónimo. No la recomiendo: es confusa y está llena de chistes internos. Pero hacerla pública es mi manera de homenajear, respetar y no olvidar a todos los que alguna vez fui.

Lejos de arrepentirme de aquellas historias, o de ocultarlas, las empujo hasta el presente, porque sin ellas no sería posible entender que hoy no soy periodista ni actor ni corrector ni profesor ni historiador ni reciclador ni filósofo ni analista: desde que entendí que descubrir un poco la verdad alivia la angustia, soy escritor.

sábado, 18 de junio de 2016

La basquetbolista más linda

Por Martín Estévez

Marina era perfecta. Al menos, en la imagen de mujer que yo tenía a los 16 años. Rubia, de limpios ojos celestes, prolija, sonriente. Yo la miraba desde la ventana del primer piso del colegio, y ella siempre en el patio, radiante, dulce, femenina. Pensaba que escuchar su voz pegada a mis oídos sería la sensación más maravillosa que podría existir. Sin embargo, una noche me llevé una gran sorpresa.

La conocí en el Instituto Lomas, ella tenía 14, yo 16. Me gustó apenas la vi, y a eso me dediqué durante meses: a mirarla. Marina usaba el guardapolvo al revés (la espalda en el frente) y se maquillaba los ojos encantadoramente raro, con un delineador celeste que hacía insoportable su mirada. ¡Ay, qué potra era!

Pensaba mucho en ella, en ser su novio y pasear de la mano por la calle Laprida, en comprarle un helado, en verla llorar. Incluso le escribí un espantoso poema en el que expresé maravillosamente lo que me generaba:

"Llenándome de vos y sintiéndome vacío"

Tuve la virtud de resumir, en la única línea buena del poema, lo mismo que contaré en todo este texto.

En ese momento, ya sabía que Violeta jamás me querría, entonces Marina salvó mis mañanas de la total tristeza. Pronto dejó de alcanzarme con mirarla y quise hablarle, pero era tímido. Hasta que una vez, desde la ventana, Federico Relova (que era más grande y más canchero que yo) le sacó conversación, conmigo al lado, y le dijo:

Él quiere tu teléfono.

Ella se lo dio. Todavía lo recuerdo, terminaba en 34. No piensen en un celular: estamos en el año 2000. Era el teléfono de su casa. Decidí llamarla esa misma noche.

Estaba nervioso, entonces me tomé un tiempo para pensar lo que diría. Ante una persona tan delicada, tenía que ser un caballero, demostrar que era sensible, contar que escuchaba a Alejandro Sanz. Estaba seguro de que ella también lo escuchaba. 

Hola me atendió una voz masculina, tal vez su hermano.

Buenas noches, quisiera hablar con Marina, por favor.

Sí, soy yo.

Con apenas una palabra, había arruinado a la mujer perfecta: Marina no tenía la voz que esperaba. Sonaba distinta que desde la ventana, aunque era cierto: casi no la había escuchado hablar. No era masculina por el tono, sino por la actitud: no hablaba como una señorita.

Soy el que estaba el otro día en la ventana le expliqué.

Ah, ¿el de barbita?

—No, el de anteojos.

"Tal vez ella esperaba el llamado de Federico", pensé. Pero había empezado a reconstruir mi autoestima unos meses antes y puse lo mejor de mí en la conversación. Descubrí enseguida que a ella no le gustaba Alejandro Sanz, ni cocinar, ni las novelas de la tarde: a ella le gustaba competir. Luchar cuerpo a cuerpo con chicas más altas. Entrenar tres horas por día. Marina era basquetbolista.

El punto cúlmine llegó a los quince minutos de conversación.

—¡Paráa, pelotudo! gritó ella, y se explicó. Perdoname, es que mi hermano me está rompiendo las bolas para que le preste mis rodilleras.

Yo, que quería imaginarla en vestido y sandalias, ahora la imaginaba agarrándose a piñas con su hermano para ver quién usaba las rodilleras. Cortamos cinco minutos después y decidí olvidarla para siempre: ella no era lo que esperaba.

Sin embargo, cada vez que nos cruzábamos, nos saludábamos con simpatía. Y, viéndola de nuevo desde la ventana, volvió a gustarme. Decidí darle (¿darme?) otra oportunidad y actuar, esta vez en persona, la mañana de su cumpleaños de 15. Llevé el tema a la mesa familiar.

—Me gusta una chica que no es Violeta les conté a Tati y Gaby.

—No sabíamos que te gustaba Violeta dijo Gaby.

—Te lo conté a los 7 años.

—Pensé que se te había pasado.

—No. Pero ahora me gusta otra. Mañana cumple 15 años. Le quiero regalar una flor.

Acordamos que le robara una rosa blanca a nuestro vecino favorito Luchessi y que afrontara el momento con valentía.

¡Qué largo fue el viaje a la escuela, y esperar hasta el recreo! Había que esconder la rosa sin que se arruinara. El 24 de octubre de 2000, en el patio y con mis compañeros mirando desde la ventana, por primera vez en mi vida le regalé una flor a una mujer. La miró raro, como si hubiera recibido un adorno de porcelana con forma de antílope, pero me agradeció.

Conversamos varias veces, siempre con sus amigas cerca, vigilando. Yo hacía fuerza para seguir gustando de ella, porque era hermosa. No me gustaba lo que me decía, ni su voz, ni cómo me trataba, pero quería seguir gustando de ella, porque era hermosa.

El primer día que nos vimos solos, en un aula, le pregunté si no quería que nos viéramos fuera del colegio. Ella dijo que podía ser, pero que primero tenía que ir a verla jugar al básquet en el club Temperley.

No me rechazó, pero exigió algo que me daba miedo. ¿Cómo iba a ir, con quién iba a estar, cómo me acercaría a ella, qué le iba a decir? Mientras me invadía la inseguridad, me invitó a ver fotos del último torneo que habían ganado.

Los trofeos eran gigantes, pero yo me detuve en otra imagen: ella, toda transpirada, con protector bucal, rodilleras y rodeada de chicas más grandotas y musculosas que yo. Mugrosa, después de correr durante 40 minutos, sin delineador, ni guardapolvos dados vuelta ni sonrisas angelicales.

Esas fotos pusieron otra Marina al descubierto, y desistí. Me di cuenta de que me gustaba la Marina ideal que construí desde la ventana, y no esta transpirada realidad que tenía al lado.

Sin embargo, no la olvidé. Mientras se convertía en una de las revelaciones de la selección argentina, seguí averiguando datos sobre ella, mirando sus fotos en internet, recordándola.

Me recibí de periodista y en el año 2006, cuando yo tenía 22 y ella 20, usé la excusa de hacerle una nota en una revista para volver a verla. Hablaba como antes, pero no me generó rechazo. ¿Me estaban cambiando los gustos? ¿Por qué seguía atento a una chica de rodilleras, a la que le gustaba dar codazos bajo el aro y que no escuchaba Alejandro Sanz?

Volví a cruzarla en un subte (en 2009) y en el Cenard, cuando fui a entrevistar a un jugador de voley (en 2012). Ella siempre me saludó raro, como sabiendo que me conoce pero sin saber de dónde.

En estos días, en los que la selección femenina de básquet lucha por clasificarse a los Juegos Olímpicos, la extraño. No extraño a la Marina mujer: extraño a la Marina jugadora.

Me di cuenta, por fin me di cuenta: seguí pensando en Marina porque fue la primera deportista a la que admiré. Yo, tan machista en mis gustos deportivos, sólo seguía al Piojo López, a Milito, a Pepe Sánchez. Hasta que la vi por televisión a ella. A Marina. Pese a que medía 1,65, hacía lo que quería con la pelota, aguantaba los empujones y, en cada descanso, se acomodaba el pelo.

Marina pasó casi desapercibida para mi vida sentimental, pero fue vital para mi vida feminista: me obligó a aceptar que todas las mujeres tienen en su potencial a una excelente deportista. Que yo no quiera una novia basquetbolista, es una cosa; que no pueda admirarla con total sinceridad, es otra.

Dieciséis años después, me arrepiento de no haber ido a verla jugar aquella vez. No porque eso hubiera cambiado nuestra historia, sino porque en cada reunión con amigos, en cada conversación sobre deportes, podría decir con orgullo:

—Yo la vi jugar a Marina Cava cuando recién empezaba. ¿Linda? Sí, un poco linda era. Pero lo mejor, te lo juro, era verla jugar al básquet.

martes, 31 de mayo de 2016

Los orgasmos de mi abuela

Por Martín Estévez

Quiero escribir sobre mi abuela antes de que se muera. Más que nada, por principios: para que pueda defenderse. Aunque, la verdad, mucho no puede defenderse: tiene 84 años y anda débil, duerme casi todo el día y el cerebro está empezando a fallarle. Igual, aunque no sé cuándo morirá, prefiero escribir ahora. Y empezar contando que, a grandes rasgos, mi abuela podría ingresar en el grupo conocido como “viejas de mierda”.

Puede ser que escriba enojado por el trato que me dio hoy, por el que nos da a todos, todos los días. Puede ser. Aunque le cocinan, la cuidan, la quieren, mi abuela Teofania se queja. Maltrata a sus hijas, les rompe la paciencia, las ignora. Yo soy un boludo porque hago 35 cuadras en bicicleta bajo llovizna, con 11 grados de temperatura, con las orejas congeladas para verla. Y ella, con suerte, me saluda y me pregunta cómo estoy. Se queja de alguna cosa, se da vuelta y sigue durmiendo. Eso, en un buen día.

En un mal día me ignora, o me dice que su vida es una porquería, que no tiene nada que hacer, que tiene calor o tiene frío o le arden los ojos o no escucha bien o le molesta la luz o le molesta el ruido o le molesta la lluvia o le molesta que la llamen por teléfono o le molesta que alguien, en el mundo, sea feliz. Me dice que no la moleste más y sigue durmiendo.

Alguno pensará que es porque está vieja, pero no: Fanny fue siempre así. Mucha cara de perro, mucha queja. Cuando llorabas, te retaba porque llorabas. Cuando te reías, decía su frase más de mierda:

El que se ríe de día, va a llorar de noche…

¡Qué ganas de arruinarte el momento! Me acuerdo, me acuerdo bien una noche en la que Chuna se quedó a dormir abajo y, con mi hermana, cantábamos canciones groseras, bajito. Ella entró, nos escuchó a los tres, y me retó. A mí solo. “Sabía que vos ibas a estar cantando esas porquerías”, dijo. Y se fue.

Me acuerdo, me acuerdo bien cuando dibujé una bandera para regalársela, la de su país: Unión Soviética. ¡Más contento fui a dársela! Cuando la vio, en vez de explicarme que estaba en desacuerdo con el régimen político soviético, la rompió en pedacitos, en mi cara. Y, con cara de culo, me dijo: “Nunca más dibujes algo así”.

Me acuerdo, me acuerdo bien cuando me hablaba mal, muy mal de mi papá. A solas, aprovechándose de lo indefenso que puede estar un chico de 8 años. Llegó a decir que tenía que “colgarse de una soguita”. Sugirió, enfrente mío, envuelta en su dolor de madre, que mi papá tenía que suicidarse por las cosas que había hecho.

Me acuerdo, me acuerdo bien que, cuando yo tenía 19 años, salí de mi casa y volví enseguida, porque me había olvidado algo. Entré a mi pieza y ahí estaba ella, concentrada, silenciosa: Fanny leyendo mis cartas, las cartas íntimas que me escribía con mi novia, las cartas donde ella contaba cosas sólo para mí, y yo sólo para ella. Y Fanny, infame, sentada ahí, cagándose en mi privacidad, traicionándome.

Por las dudas, les aviso a mi tía Elvira y a mi mamá Tatiana (sus hijas) que, si esto les pareció demasiado fuerte, dejen de leer, porque lo que viene es peor.

Después de pensarlo mucho, llegué a la conclusión de que mi abuela es así porque no disfrutó del sexo. No es que disfrutó poco: no disfrutó nada. Nunca se revolcó porque sí, mi abuela. Sí, estoy diciendo sexo: besarse, manosearse, excitarse. Si hace falta, introducir un pene en una vagina. Si leer esto los pone incómodos, estamos en problemas: lo único que vamos a lograr es generar personas reprimidas como mi abuela.

Yo la escuché hablar mucho a Fanny. Muchísimo. La escuché decir miles de cosas. Pero nunca, nunca jamás de su boca, salieron las palabras placer, goce, pasión. Nunca jamás la escuché decir sexo, pene o vagina. No estaban en su vocabulario. No se las enseñaron.

A Teofania, a Fanny, a mi abuela, le enseñaron que su trabajo era cocinar, lavar y coser. Nació en Bielorrusia, hacía frío, había nieve y, a los 11 años, a veces tenía que cuidar sola a sus hermanas mellizas, que tenían 3.

Repito: a los 11 años tenía que cuidar sola a sus hermanas mellizas, que tenían 3.

Y de pronto estaba en un barco, lleno de hombres y mujeres y borrachos y camarotes chiquitos. Semanas en un barco en el que había enfermedades, pestes, fiebre, personas que morían. Ella era una niña que veía a personas morir enfermas, sin medicinas, sin cuidados, sin sepulcro.

De pronto no había nieve y frío, sino calor, y ella estaba en Paraguay, y tenía que trabajar en la casa de desconocidos cocinando, barriendo y planchando. Era menor de edad y tal vez limpiaba los restos de mierda del inodoro de una familia de desconocidos. 

Hablo de Fanny. De mi abuela.

Y en Bielorrusia y en Paraguay y en Argentina escuchó la misma cosa: que ella era mujer, y que la mujer que gozaba era una prostituta. Que la mujer que se vestía como quería era una ramera. Que la mujer que cojía por placer era una puta. “Cojer”, sí. Alguno pensará que es aberrante que yo escriba así; yo digo que es aberrante que se lo hayan hecho creer a mi abuela.

Fanny tuvo sexo sólo para cumplir con otra obligación: tener hijos. Dos veces. Me juego tres dedos de la mano a que jamás tuvo un orgasmo. Le dediqué tiempo a pensar si mi abuela tuvo o no tuvo orgasmos. No es zarpado, ni gracioso: es lo que tenemos que hacer en esta sociedad para dejar de ser machistas.

Fanny rompía las bolas con que su marido (Víctor) no la llevo nunca al cine. Se lo escuché decir mil veces. La entiendo ahora: a ella no le molestaba que Víctor fuera o no fuera al cine. A Fanny, lo que la lastimaba, era que sus decisiones dependieran de un hombre. Desde lo psicológico, porque se lo habían enseñado: ella tenía que “seguirlo”. Pero también desde lo material: Fanny no tenía un peso. Cuando ella era joven, los hombres podían comprarse cigarrillos, ir al cine, pagar una prostituta y someterla. Las mujeres, como Fanny, no podían comprarse un peine, ni un chocolate, ni una entrada de cine sin pedirle plata a su marido.

Fanny no disfrutó de su familia, porque tuvo que trabajar. Fanny no disfrutó de lo material, porque era pobre. Y Fanny no disfrutó su sexualidad, porque era mujer. Qué vida de mierda le impusieron los políticos, los empresarios, los explotadores, el sistema. Qué vida de mierda.

¿Cómo no va a quejarse? ¿Cómo no va a sufrir? Le enseñaron que su vida dependía de un hombre, y el hombre se murió hace exactamente seis años. Y entonces ella se empezó a morir también, tal como se lo enseñaron: sin un hombre al lado, no servís.

¿Podría ser distinta? Sí. Su hermana Nina sufrió lo mismo, y también se le murió el marido, y no pudo tener hijos. Pero, aunque es amable y sonríe, es una excepción. Está mal pedirles a todas las mujeres que sufrieron tanto, que sean como Nina. Sería como pedirles a todos los niños pobres de Rosario que se conviertan en Messi: una injusticia absoluta.

Hoy lloró mi abuela, lloró mucho, como cada vez que la veo. A veces le preguntan por qué llora. A mí no me hace falta preguntarle: llora por cada infancia en la que fue mucama, por cada muerte que vio al lado suyo, por tantos deseos sexuales que tuvo que reprimir. Llora por las películas que no pudo ver sin su marido, por todas las putas tardes en las que ni siquiera puede reprocharle a un hombre todas sus lágrimas.

Llora mi abuela y lloro yo con ella, en silencio, sin que se dé cuenta. Lloro por ella y por todas las mujeres a las que les complicaron la vida con ideas absurdas, crueles, violentas. Le perdono todo porque soy hombre, porque soy yo el que tiene que pedir perdón. Sé que ser mujer hoy es tan difícil y me duele estar del otro lado, culpable por no arrancar a todos los hombres injustos que contaminan el mundo.

Sé que ser mujer hoy es tan difícil, pero no puedo ni imaginarme lo difícil que habrá sido en 1931, cuando nacía esta viejita hermosa. Cuando esta bisabuela que hoy nos trata mal no era bisabuela ni nos trataba mal, sino que esperaba del mundo lo que merecía: justicia, placer, amor.

El capitalismo le robó la justicia, porque mientras algunos no trabajaban y tenían mucho, ella trabajó mucho y no tuvo nada. El machismo le robó el placer, porque una mujer de bien no tenía que disfrutar del sexo. Le robaron la justicia y el placer. Y es por eso, especialmente por eso, que están ahí Tati, y Elvi, y estamos todos los que queremos estar, dándole cada vez que podemos lo único que no pudieron robarle: el amor.

El amor que Fanny me dio cada vez que me cocinaba, cada vez que me llevaba al colegio, cada vez que me compraba un chocolate antes de un examen. El amor que le vi mostrar por su marido sólo una vez, justo en el momento del infarto cerebral, cuando lo agarró de la cara y le dijo, se lo dijo, yo lo escuché: “¡Víctor, mi amor!”.

¡Cuánto, cuánto inmenso amor vi en los ojos de esa vieja quejosa, cuántos meses pasamos los dos sentados al lado de Víctor, cuántos dolores compartidos!

A vos, Fanny, te enseñaron a acompañar a tu marido hasta el final, y no te dijeron quién te acompañaría a vos. Pero quedate tranquila: ahí están tus hijas, pacientes, para quererte. Y aunque te quejes siempre, tragues fuerte, me trates mal, no quieras leer, no quieras conversar, no quieras mirar y tampoco quieras oír, también, te lo prometo, hasta el final de los finales, voy a estar yo.