jueves, 1 de diciembre de 2016

¿Y vos de qué trabajaste?

Por Martín Estévez

Fue el 30 de marzo de 2002, me acuerdo bien. A eso de las 11 de la mañana. El tipo se fue al fondo del cuartito, volvió y me los dio en la mano. “700 hoy y 700 mañana”, me dijo. Le pregunté por dónde había que ir. “Sólo repartimos acá cerquita, así que andá por dónde quieras”, respondió. Yo tenía 17 años, 700 volantes de la remisería Capri y una sonrisa orgullosa: había conseguido mi primer trabajo.

En aquel momento casi no había puestos, pero yo necesitaba hacer lo que fuera: tenía que pagarme los viajes a DeporTEA. Eran doce colectivos por semana y, gracias a mi habilidad para mentir, había conseguido un carnet para comprar boletos a 32 centavos. No mentí una vez: mentí durante los tres años que duró la carrera.


Pero no usé la plata para eso. Había leído muchas entrevistas en las que los futbolistas contaban que, con su primer contrato, les compraron una casita a los viejos, así que yo también quise tener mi momento de gloria. Y lo tuve.

Al día siguiente, repartí con honestidad los últimos 700 y pasé a cobrar. Era domingo de Pascuas, entré a mi casa con el pecho inflado. Metí la mano en un bolsillo, saqué los 14 pesos que había ganado con el sudor de mis piernas y dije con grandilocuencia:

—Esta plata es para colaborar con lo que gastaron en el almuerzo.

¡Qué recuerdo hermoso, la puta que me parió! En aquel momento, el viaje mínimo de un remís valía 2 pesos y una grande de muzzarella valía 3: para mí, esos 14 pesos eran una fortuna.

Mientras ustedes recuerdan su primer trabajo y se preparan para contarme cuál fue, les hago una listita de los diez más raros que tuve.

• Cartonero (2002-2003) 

Mi abuelo Víctor me dio la idea. Sabía que, a pocas cuadras, un señor acumulaba papel y cartón en su casillita, para vender; y sabía que yo necesitaba plata. Atábamos con prolijidad los Clarín, Olé y Pronto que se compraban en casa, las cajas de pizza, los papeles usados y después yo salía por el barrio para ver si encontraba algo más.

Si pudiera guardar una imagen de esa época, sería esa: Víctor y yo caminando por Lomas de Zamora con una carretilla, juntos, llevando un montón de papel y cartón. Nos daban 40 centavos por kilo, y nos quedábamos charlando con el cartonero, ahora nuestro colega, que nos contaba que lo revendía a 60 centavos, y que le venía muy bien que fuéramos socios.

• Embolsador de tornillos (2003) 

Era como en las películas, se los juro: una fábrica infinita ubicada en el centro industrial de Burzaco, con horario estricto de entrada, hombres grandotes usando su fuerza bruta, una chicharra que sonaba a la hora del almuerzo, una especie de cinta por donde pasábamos y nos servían la comida, otra chicharra para volver a trabajar y una última para irnos.

Fue el trabajo más alienante que hice, codo a codo con el hermano de mi novia. Nos daban un bolsón de tornillos, un bolsón de tuercas y un bolsón de bolsitas. Teníamos que agarrar dos tornillos y dos tuercas, meterlos en la bolsita, caminar hasta una máquina que los sellaba con calor, volver y ponerlos adentro de una caja de algo que no sabíamos qué era. Así, martes y jueves de 8 a 17.

Nos contrataron hasta terminar de embolsar, así que no duramos mucho; habrán sido tres semanas. Pero fue un flash: nos veíamos al lado de obreros de 45 años, obreros de verdad, de esos que trabajan a lo bestia, y almuerzan, y vuelven a trabajar sin quejarse. No parábamos de reírnos y de sufrir, porque nos dolían las manos, la espalda, la cabeza. Nunca antes, y nunca después, me sentí tan parte de la clase trabajadora.

• Llenador de formularios (2006) 

Cuando terminó mi primer paso por el diario Clarín, fui un desocupado más. Conseguí mi siguiente trabajo de un modo prehistórico: compré el diario, leí los avisos, armé un mapita y viajé a decir “vengo por el aviso”. Me tomaron a prueba en Multiled, una empresa de carteles electrónicos que quedaba cerca de Constitución.

Camisa y corbata, de lunes a sábado, trato muy frío, 500 pesos por mes, nueve horas por día atendiendo el teléfono y llenando formularios como este:
Cuando mi vida comenzaba a ser un infierno, recibí un llamado salvador: me ofrecieron escribir en la revista de Fox Sports. Menos mal.

• Corrector en un café (2006-2008) 

La cosa era así: nos juntábamos sábado o domingo en un café y Christian, ex compañero de Clarín, me daba las páginas de la revista sobre Banfield que producía. Él miraba un rato para otro lado y yo corregía las notas (incluida la que yo mismo había escrito) a la velocidad de la luz. Al principio lo hacía a cambio del café y una medialuna de manteca; después, Christian empezó a pagarme 80 pesos por mes.

Nos pasó algo hermoso: en un café de Lanús nos atendió Ricardo Zielinski, actual director técnico de Racing. Era el dueño, pero había faltado la empleada y no quería cerrar. Nos deseó suerte con la revista y nos preparó dos cortados con mucha espumita. Christian es testigo.

• Modelo publicitario (2007) 

Una diseñadora amiga, Sandra, me llamó desesperada.

—Se nos cayó el modelo y necesitan alguien como vos. 


—¿Qué? —le respondí sin entender nada.

—Sí, sí, lo iba a conseguir yo, pero no puede —insistió. Por favor, me tenés que salvar. Son unas fotos nada más. Plata no hay, pero te dan los productos de regalo.

“Me tenés que salvar” es una frase imposible de esquivar. Sólo por eso estuve cuatro horas fingiendo usar almohadones de todo tipo frente a un fotógrafo. Sólo por eso, tal como pueden ver apretando acá y acá, sigo figurando en los catálogos de una marca llamada Mejor Postura casi diez años después.

• Estampador de remeras (2008-2010) 

Mi primo Matías, talentoso diseñador, creó su propia marca de remeras: EA Ropa. El tallercito era en el fondo de casa, así que a cada persona que pasaba cerca, Mati la ponía a apretar shablones o a colgar remeras en la soga. Yo pasaba seguido a propósito, porque me gustaba conversar con él y porque, cuando terminábamos, me regalaba la remera que peor había quedado. Todavía, la mitad de mi ropa lleva el símbolo de EA.



• Evitador de peleas (2009) 

Cuando cerró la revista de Fox Sports, otra vez engordé la lista de desempleados. Hice de todo en aquellos meses, pero el trabajo más glorioso fue organizador de torneos de fútbol 5. Fue nuevamente Christian el que me convocó y mi tarea más importante no era llenar planillas, darle charla al árbitro o entregarle una coca al ganador, sino evitar que los equipos protagonistas terminaran agarrándose a piñas. 

Lo logré casi siempre, excepto una vez: los diez jugadores de Malna y CPJ Avellaneda se empezaron a dar con todo, me quise meter a separar y ligué también. Ahí me di cuenta de que era mejor dejar que se pegaran, y contarlo después en las notas que escribía por gusto después de cada partido.

Editor-corrector-diseñador-y de todo de un libro (2010) 

Al principio, la municipalidad de Los Toldos iba a invertir mucho dinero en un libro por el centenario del club Viamonte, que sería escrito por la periodista Angelina Lombardo. Pablo Aro Geraldes me recomendó para dar una mano en la edición de textos; pero de pronto, por razones presupuestarias, el equipo de trabajo se vio reducido a Angelina y yo.

No supe renunciar a tiempo: Angelina escribía los textos y yo corregía, editaba, recortaba, diseñaba, retocaba fotos, armaba los PDF y hasta hablaba con la imprenta para saber cuánta demasía necesitaba la solapa de la tapa. Yo, hasta ese momento, no sabía qué demonios era la demasía.

Valió la pena: el libro, de más de cien páginas, quedó hermoso.

 • Extra publicitario (2010) 

Antes que seguir recibiendo piñas de futbolistas amateurs, preferí copiarme de mi amigo Sebastián Fernández y probar otro trabajo desesperado: ¡extra de avisos publicitarios!

No fallaba: hacías castings, te sacabas unas fotos y al poco tiempo te mandaban un mensaje de texto parecido a este:

"Publicidad martes 11 hs tiempo indefinido $ 20 la hora + $ 30 después de las 8 horas . Zona Palermo. Para confirmar llamar al 4861-4666".

Y yo llamaba, y me la pasaba ocho o nueve horas esperando para ser, durante veinte o treinta segundos, una persona que pasaba caminando por atrás, o parte de una muchedumbre, o sólo para tirar papelitos desde un segundo piso. 

Lo mejor, por lejos, fue cuando se filmó una publicidad en cancha de Racing: Martín Palermo fingía festejar un gol y yo hacía de fotógrafo. Esa noche grabé un videíto que pueden ver clickeando acá.

• Vendedor de historietas (2010-2013) 

Un día, decidí que tener 7.000 historietas era demasiado y que tenía que achicar la colección, así que elegí las peores y me senté en la plaza de Lomas durante horas. 

No vendí ninguna.

Por suerte, después conocí algo hermoso llamado Feria del Libro Independiente y Autogestiva, donde decenas de lectores que me las compraron o me las cambiaron por un sánguche vegetariano. Por suerte, todavía guardo algunas.


Ahora sí, los escucho: ¿cuáles fueron sus trabajos más raros?

domingo, 20 de noviembre de 2016

La mentira del periodismo deportivo

Por Martín Estévez

Abandoné el periodismo deportivo el 18 de marzo de 2002. Tenía 17 años y hasta ese momento había cumplido brillantemente mi labor: leía diez diarios por semana, miraba veinte partidos por mes y no hacía más que escribir sobre fútbol, básquet o saltos ornamentales. Esa mañana me sucedió algo horrible: empecé a estudiar en DeporTEA.

En realidad, yo quería ser guionista de comics. Mi objetivo no era cubrir los Juegos Olímpicos, sino ser el primer argentino en escribir la Liga de la Justicia. Apenas terminé el secundario averigüé en la Escuela Argentina de Historieta, pero no otorgaba título oficial y era un poco cara.

Eso lo podés estudiar después, como un hobbie escuché una y otra vez de mis conocidos. Hacé lo que quieras —me decían pero para mí tendrías que estudiar periodismo deportivo.

Me tomé en serio lo de "hacé lo que quieras" y resistí. Supe que la carrera de periodismo deportivo no existía en universidades públicas y que también había que pagar, así que los comics seguían con ventaja. 

A Tati alguien le dijo que DeporTEA era un buen lugar. Llamé y supe que la cuota era de $220 por mes. Imposible para nosotros: la crisis del 2001 nos había cacheteado y Tati hacía malabares para que todos pudiéramos comer. Pero ella investigó más.

—Me enteré de que dan becas —me explicó—. Vos venís de una escuela casi pública y tenés buen promedio en el boletín. Si te dan la beca y tu papá puede pagar una parte, llegamos.

Hablé con Juanca y él redobló la apuesta:

—No te preocupes, yo te pago la mitad. Y no hace falta que hagas los trámites para la beca, te doy 110 y listo.

Igual era una fortuna, así que hice los trámites por mi cuenta y conseguí un 20% de descuento, que me mantendrían si faltaba poco y tenía buenas notas. Juanca ponía 110, Tati 66 y yo tenía que arreglármelas para pagar los viajes y el resto de los gastos. Todo cerraba.

¿Todo cerraba? No. Mientras eso sucedía, seguía pensando en ser guionista. Lo único que me interesaba del periodismo era completar las campañas de Racing entre 1990 y 1997. Que esos partidos que recordaba tuvieran su comprobante físico: las hermosas síntesis de El Gráfico. El resto (entrevistar a un jugador de voley, comentar una semifinal o armar una tabla de posiciones) me parecía bien, pero no me obsesionaba.

A mediados de febrero, Tati me dijo:

—Te acompaño a DeporTEA y terminamos de averiguar todo. Y, si te convence, te anotás ese mismo día. Ya te queda poco tiempo.

—Tampoco hay tanto apuro —respondí haciéndome el canchero.

Cuando llegamos, me explicaron que la carrera duraba tres años y que el título era oficial. Que algunos periodistas conocidos habían estudiado ahí. Que la cuota sería más barata en los dos años siguientes. Que los profesores trabajaban en varios medios de comunicación y que había pasantías. Pero nada de eso me conmovía. No estaba convencido.

Ya en la planta baja, justo antes de irnos, me invitaron a pasar al archivo.

—Tenemos miles de revistas, libros y diarios —me contó un señor simpático llamado Enrique Stroppiana—.  Los alumnos pueden verlos y fotocopiarlos.

—¿Y de la revista El Gráfico tienen algo? —pregunté.

—Desde 1959 hasta este año, la colección completa, con las ediciones especiales incluidas.


La miré a Tati.

—Subamos así me anoto —le dije—. Ya me queda poco tiempo.

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Enseguida supe que la carrera era muy pobre: apenas seis horas de clase por semana, centradas en ejercitar "qué hacer cuando nos toque trabajar en algún medio". Además, los lunes de 9 a 12 había conferencias de prensa de deportistas. Sólo eso.

Es triste: en DeporTEA podés recibirte sin saber quiénes fueron los presidentes argentinos, qué significa monopolio o qué fue la Segunda Guerra Mundial. Estoy seguro de que buena parte de mis compañeros no sabían esas cosas. En el aula escuché nombrar muchas veces las palabras Palermo, Batistuta y Ginóbili. Pocas veces, ortografía, gramática y sintaxis. Y casi ninguna vez, Marx, capitalismo o explotación.

En DeporTEA no se estudia historia, filosofía ni sociología. Sólo se trata de escribir y aprender un poco sobre cada deporte. Muy poco: el examen final de la materia "automovilismo", por ejemplo, constó de una pregunta a cada estudiante. Un compañero, Amós, tuvo que responder cómo se escribía "Schumacher". Lo hizo mal: lo deletreó dos veces con G. Dijo Schumager. Igual aprobó.

Si aprendí algo en DeporTEA fue porque tipos como Daniel Vilá o Ariel Scher estropeaban los planes de mantenernos ignorantes. Vilá nos hablaba de la dictadura militar, de la suciedad del Grupo Clarín, de los periodistas corruptos. Ariel nos decía que no cuestionarse el mundo es ser pelotudo, que no leer es ser pelotudo y que el mundo ya tenía suficientes pelotudos para que nosotros ampliáramos el número.

A mí nada me importaba: después de cada clase, corría al archivo y me quedaba hasta el anochecer mirando revistas El Gráfico. Una por una, empezando por 1990. Hasta completar mis partidos, mi colección, mis memorias.

¡Cuántos vacíos oculté en ese archivo! Durante todo el 2002 no tuve amigos; ni una sola vez me junté con alguien a conversar, a tomar algo, a mirar televisión. No había con quién. Sólo tenía una novia a la que veía, con suerte, dos ratitos a la semana. Casi todas las noches me quedaba en mi casa recortando diarios, mirando televisión o leyendo historietas.

Entonces no era raro que los lunes entrara al archivo a las 12 y me fuera a las 19. Lo recuerdo ahora y me sorprendo: Enrique me esperaba con las cinco revistas siguientes a la última que había leído. Me convertí en parte del decorado del archivo: era el chico que siempre estaba ahí, mirando revistas.

Al menos empecé a verme con mis compañeros fuera de DeporTEA: los viernes, cuando iba al kiosco de la vuelta a fotocopiar los partidos de Racing, cuatro o cinco estaban ahí comiéndose un pancho y conversando. Yo pasaba y les decía "hola" muy bajito. Ellos no entendían por qué yo me hacía tanto daño.

En aquellas solitarias tardes de 2002, todavía no sabía que El Gráfico también tenía una historia sucia, ni que leer aquellas 416 revistas sería lo más periodístico de mi formación. Y mucho, pero mucho menos, imaginaba que algún día me pagarían por hacer exactamente ese trabajo.

Aunque no soy ni me siento periodista deportivo, empecé a trabajar en El Gráfico en 2010. Y en 2015 propuse una idea: leer toda la colección para construir un enorme resumen que finalizará cuando la revista cumpla cien años. En 2019, cuando llegue ese aniversario, habré leído los 4.805 números de El Gráfico.

Así que termino este texto un poco apurado, porque estoy en la redacción y tengo que seguir pasando páginas. Leo las revistas sorprendido de que me paguen por hacerlo, pero también con mucho cuidado y mucho detenimiento. No porque tenga miedo de que se me escape algún dato, sino porque quiero estar seguro, muy seguro, de que esta vez no las leo para ocultar mis problemas, mis vacíos ni mi soledad, sino solamente para honrar a ese gran periodista que supe ser hasta aquel 18 de marzo de 2002.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Tan cerca del dolor y de la fiesta

Por Martín Estévez

Es 27 de diciembre del 2001 y estoy llorando. Lloro sentado en el patio de mi casa, mirando para abajo, con la cabeza entre los brazos. Hay bombas de estruendo en el barrio. Yo lloro más fuerte. Hace 177 segundos, 178, ahora 179 segundos, Racing acaba de salir campeón por primera vez en mi vida. Esperé mucho este momento, muchísimo este momento, y lloro. Mi tía Elvira me mira, creyendo que lloro de felicidad. Pero no: lloro porque estoy muy triste.



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Lo leí hace poco en un libro y me fascinó: sólo se llora por tristeza. No es posible llorar por alegría ni por felicidad. El cuerpo no puede fabricar lágrimas sin la reacción química que genera la tristeza en el cerebro. No quiero escuchar opiniones diferentes, no insistan: esto está comprobado científicamente.

Vayan para atrás, repasen rápidamente sus vidas, y noten cómo cambian las cosas; ahora saben que todas, pero todas las veces que lloraron, fue por tristeza, angustia, dolor o miedo. Pero por felicidad, nunca: es imposible.

¿Por qué llora una madre que tuvo un embarazo difícil cuando ve a su hijo recién nacido? Porque lo primero que aparece en su mente es el inmenso sufrimiento que atravesó para llegar a verlo. Recién entonces se permite soltar las muchas lágrimas que se guardó. Llora ese dolor.

¿Por qué lloran algunos padres cuando ven entrar a su hija al cumpleaños de 15? Por angustia: entienden de golpe que el pasado jamás volverá, que el tiempo ha avanzado más rápido de lo esperado, que la vida es corta. Lloran porque su hija es cada vez menos suya.

¿Y por qué llora la hija, también? Llora porque tiene miedo. Tiene miedo de que algo en la fiesta salga mal, se siente demasiado observada, y descubre que cada vez está más cerca de tener que hacerse cargo de su vida, sin la protección permanente de los que están ahí. Y si yo estuviera en su lugar, les digo la verdad, también lloraría.

Más allá de que las causas cambien, siempre están vinculadas a la angustia. Busquen cada llanto posible, y van a ver que todos tienen una contracara triste, una oscura explicación que quedaría perfectamente oculta si no fuera por un detalle: las lágrimas. 

Yo vi la cara de los que dicen llorar por felicidad y no hace falta que me lo confirme la ciencia: son caras de angustia, de dolor acumulado. No piensan "qué bueno que apareció esta felicidad"; piensan "por fin se acabó esta tortura".

Así que ya lo saben, cuando vean a alguien "llorar de emoción", sepan que esa emoción nunca es felicidad. Que esa persona está triste, angustiada o asustada. Ustedes ahora lo saben, y no podrán olvidarlo nunca más. En cambio, en 2001, mi tía Elvira no lo sabía.

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Aquel 27 de diciembre lloraba porque pensaba que el día de Racing campeón iba a ser distinto. Me imaginaba feliz, con toda mi familia cerca, o tal vez saltando con Mati y Albert en la cancha, y recibiendo saludos de un montón de amigos. Pero no: estaba en un momento de mierda.

El año 2001 fue una tortura. Después del viaje a Bariloche, viví los seis peores meses de mi vida. Odiaba ir al colegio. Sufría. Callaba. Era el último año del secundario y mis ex amigos hicieron lo posible para que la pasara mal. No les costó mucho conseguirlo: me ignoraron y, cuando no me ignoraron, fue sólo para hacer comentarios hirientes sobre mí.

Que quede claro, de todas formas, que el problema no eran ellos. El problema era yo, que hacía dos años había empezado a sentirme mejor conmigo mismo, y ahora estaba otra vez ante el gran miedo de mi vida, ante el gran miedo de la vida de muchos de nosotros: sentirme solo.

En toda esa puta mitad de 2001, cada vez que pisé la vereda del colegio sentí que a nadie le importaba mi sufrimiento. Si en ese momento alguien me hubiera dado un botón que saltara el tiempo seis meses hacia adelante, lo habría apretado hasta con los testículos.

En medio de mi trauma personal, de mi falta de amigos, el país se fue al carajo. La década menemista fue una bomba que explotó dos años después, con pobreza, hambre, desocupación, corralito. 

Días antes de aprender a decir "Racing campeón", aprendí lo que significaba "estado de sitio", "saqueos", "presidentes interinos" y "congelamiento de cuentas". En la calle, la mitad de Lomas de Zamora tenía miedo, y la otra mitad tenía hambre. Yo no estaba en ninguna de las dos mitades: yo sólo tenía tristeza.

El día que se iba a definir el campeonato no hubo fútbol porque, tres días antes, el presidente se había escapado en helicóptero. Por eso, Racing jugó un jueves a la tarde. Hice fila desde la madrugada, pero no conseguí entradas: lo vi en casa, sin Mati, sin Albert, sin Tati. Y me sentí un poco más solo.

En esos mismos días, tan agrios, tan raros, un gordo hermoso llamado Hernán Casciari escribió un texto llamado Tan lejos del dolor y de la fiesta, en el que explicó cómo vivió desde España sus angustias internas, el dolor de su Argentina y la fiesta de su Racing. A mí me pasó al revés: me explotó todo tan cerca que no pude procesarlo.

Ese jueves a la tarde, ese 27 de diciembre de 2001, tenía todas esas cosas en la cabeza cuando el árbitro sonó el silbato, Racing empató 1-1 con Vélez y fui campeón por primera vez. Sentía tristeza, angustia, dolor, miedo. Por eso lloraba.

Cuando terminé de llorar recordé que, aunque ya habían terminado las clases, dos días después era mi entrega de medallas. Tuve miedo de una humillación, ya no privada, sino enfrente de mi familia. Que me gritaran "pelotudo" o "puto" mientras alguien me acercaba el diploma. Pero la tristeza ya me tenía harto. Marcelo, Lucas y Juan Manuel ya me tenían harto.

Ese mismo 29 de diciembre, por suerte, Racing decidió celebrar el título con un partido amistoso. Supe enseguida lo que debía hacer: mientras un directivo en el Instituto Lomas de Zamora decía "Martín Estévez" por un micrófono, y miraba para todos lados esperando mi aparición, yo estaba en la cancha, gritando "dale campeón, dale campeón" con Gaby. Viendo, aliviado, la única entrega de medallas que no me hacía llorar.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Por qué odio Bariloche

Por Martín Estévez

Vengo a traerles una solución gratuita, inmediata y efectiva para las etapas difíciles, para los momentos de mierda que atraviesen durante el resto de sus vidas. No hacen falta pastillas ni obra social, ni siquiera tener tarjeta SUBE: lo único necesario es seguir este consejo detallada e intensamente. Van a ver qué sencillo y maravilloso resulta.

¿Cómo es el truco? Facilísimo: cuando estén tristes, relájense y enfoquen su mente en un momento. No en cualquier momento, sino en un recuerdo muy puntual: en el peor viaje de sus vidas. En aquellas horas, aquellos días en los que estuvieron lejos de casa, incómodos, aburridos, angustiados, deprimidos o desesperados. Todos tuvimos un viaje de esos, seguro que sí. El truco comienza de esa manera: vuelvan el tiempo hacia atrás y siéntanse de nuevo esas personas que fueron. Revivan esa angustia minuto a minuto.

Aunque todavía no haya terminado de explicar mi método, háganme caso: sirve en serio. Si lo hacen bien, con compromiso, funciona. Por ahora, mientras ustedes intentan recordar cuál fue ese viaje nefasto del que se arrepienten, les voy a contar el que yo utilizo siempre, el que tiene cien por ciento de efectividad, el que no me falla nunca: mi viaje a Bariloche.


¡Ay, pero qué viaje de mierda! Nunca más, como en aquel julio de 2001, se unieron tantos factores negativos, tantas porquerías tristes, en una misma semana. Aunque intento recordar algo bueno, enseguida llegan las sombras, la pesadilla real, y me empieza a doler la panza. Qué horrible fue.

Repasemos el elenco:

♦ Una novia sociable que detestaba que yo fuera antisociable.

♦ Tres amigos enojados dispuestos a hacerme la vida imposible.

♦ Doscientos treinta adolescentes desesperados por alcohol, noche y lujuria.

♦ Un anteojudo inseguro que detestaba el alcohol, la noche y la lujuria: yo.

Arrancó mal desde el principio, en el viaje de ida: todos intercambiaban asientos menos yo; y el nerd del otro curso vomitaba sin parar. Hasta él supo que, para encajar, tenía que emborracharse o fingir. Pero yo no: yo era incorruptible, estúpidamente fiel a mis principios. Y mis principios, lo reconozco, eran parecidos a los de una evangelista de 45 años.

A ver si me entienden: tenía 17 años y nunca había probado cerveza. Ni vino. Ni licor. Ni una gota. Sólo una vez había ido a un boliche (Majito, los de Lomas saben de qué hablo) y me alcanzó para saber que no quería ir nunca más. Predicaba el pacifismo, la honradez, la reflexión con galletitas y vasos de agua. Bariloche no puso a prueba mis creencias: se burló de ellas, las humilló, las enterró en la nieve, las desenterró frías y me las tiró encima.

Llegué a Bariloche con cuatro amigos y volví con uno. Tres de ellos (tal vez celosos porque tenía novia, tal vez porque ya no me querían) me advirtieron que no compartirían habitación conmigo, que buscara una con gente "que estuviera en pareja". Mi cuarto amigo, Nicolás, no fue a Bariloche.

Al final, Marcelo, Lucas y Juan Manuel tuvieron que aceptarme en su habitación, pero se encargaron de dejarme afuera la primera noche (sólo teníamos dos llaves) para evidenciar que no me lo harían fácil. Esa noche ya había descubierto que el tiempo no es constante: no solamente avanza rápido cuando tu equipo pierde 1 a 0; sino que pasa muy, pero muy lento cuando te sentás en un boliche a esperar que amanezca. Son noches extensas, eternas, infinitas: tanto, que a veces creo que sigo sentado en algún sillón de Grisú.

Ahora les hago una enumeración rápida para no aburrirlos, pero cuando uso a Bariloche como método para no estar triste, no vale apurarse. Hay que hundirse en cada detalle tenebroso, en cada tortura psicológica de aquella excursión infernal.

Los días arrancaban temprano, para ir a tocar la nieve. Yo sufría el frío y también la soledad de los desayunos, pero eso no fue lo peor. Lo peor fue que usaba anteojos, y los anteojos se mojaban, y no veía nada durante las excursiones. No: lo peor fue cuando alquilamos los trajes para nieve. Como yo andaba solo, llegué último y me quedó el peor: uno de mujer que me hacía parecer un Teletubbie. No, lo peor fue que calzaba 47 y no había botas de nieve para mí: me dieron borcegos de cuero número 44 y me hacían doler mucho, mucho los pies.

(Piénsenlo un segundo: nieve, 5 grados bajo cero, zapatos de cuero tres números más chicos, correr y saltar de un lado a otro. Ay, cómo duelen, la puta que lo parió).

Lo peor, en realidad, fue que con Rosana cumplimos cuatro meses de novios y ella me ignoró todo aquel día. O lo peor, ahora que lo pienso, fue ser el sobrio que acompañaba a los borrachos a su habitación y les ofrecía café. O tal vez lo peor fue que una de las borrachas haya sido Rosana. O el imbécil coordinador catamarqueño que tuvimos. O la noche que fingí fiebre para evitar el martirio del boliche y quedarme solo en el hotel, contando cuántas horas faltaban para volver.

¿O habrá sido peor el momento en que alguien me confesó que quería cagarme a trompadas porque su ex novia gustaba de mí? ¿O cuando me di cuenta de que la compañía con la que viajamos (Río) estaba dispuesta a estafarnos sin escrúpulos? ¿O acaso cuando vi a las chicas más tranquilas y fieles del curso regalarse a cualquier rosarino sin pensar en sus novios?

Yo creo, sin embargo, que lo peor fue estar entre los que decidieron tener, en Bariloche, su primera relación sexual. Fue la última noche antes de volver; Rosana decidió no ir al boliche para quedarnos en su habitación. Estábamos nerviosos y torpes; yo era virgen de cuerpo y también de mente. Todavía no era un degenerado.

Sin embargo, la calefacción y los besos, juntos, funcionaron. Nos excitamos. Por un momento, Bariloche valió la pena. Sobraba tiempo, la habitación estaba cerrada con llave y no importaba cómo lo hiciéramos: lo importante era experimentar, intentarlo, disfrutar.

Yo estaba sacándome el jean cuando la puerta se abrió: las llaves eran dos, y una de las amigas de Rosana entró llorando. Ella también se había quedado. No sólo se había quedado: también había decidido revolcarse con su novio. No sólo se había revolcado: se les había reventado el forro. 

Terminé la noche tranquilizando a ella, a él, a Rosana. Con el jean puesto. Y sin habitación, porque mis ex amigos otra vez me dejaron afuera.

Ni el llamado por teléfono de Gaby me ayudó: me contó que Sessa, Canobbio y Contreras se iban de Racing, y que hasta Chatruc estaba en duda. Ni la foto grupal disimuló: me aplastaron tanto en la torre humana que fui el único al que no se le vio la cara. Ni importó que me regalaran el video del viaje: jamás lo vi, jamás le conté a mi familia que existía.

Ya agobiado por los recuerdos, llega el momento crucial del truco de magia. Respiro hondo y me voy de Bariloche. Viajo lejos, en el tiempo y el espacio, y vuelvo acá. Lomas de Zamora, año 2016. Hace frío, me cuesta aprender latín, sufro cronolitis, no tengo tiempo para nada. Puedo estar lleno de problemas y cansado, pero nada, nada se compara con el infierno de Bariloche. Pienso en que ya no estoy allá, en que estoy acá, y me siento aliviado, tranquilo, esperanzado, ligero. Me siento feliz.

Joaquín Sabina (a quien tengo el disgusto de conocer) dijo que "al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver". Yo redoblo su apuesta: afirmo que al lugar donde hemos sido infelices hay que volver seguido, muy seguido, cada vez que estemos tristes. Para recordar que hubo un viaje, un tiempo, una vida, en la que todo fue gris y áspero, en la que todo fue mucho peor. Meter la cabeza debajo de esa pileta amarga sirve para sacarla y darnos cuenta de lo maravilloso que es respirar lejos de ese pasado, de esas desdichas, de esas heridas. Lejos de Bariloche.

jueves, 25 de agosto de 2016

Qué hacer si gustás de tu amiga

Por Martín Estévez

—¡Andá y metele un beso de una! ¡Y listo!

Gastón lo dice como si fuera fácil, como si no fuera peligroso, como si no corriera el riesgo de comerme un cachetazo tremendo por desubicado. 

Es febrero de 2001 y estamos en Mar del Tuyú. Gastón es novio de mi hermana Gaby, que ya había dado su opinión:

—Tenés que tener paciencia, ir despacio. Si ella te quiere de verdad, al final van a terminar juntos...

Gastón es hombre, Gaby es mujer y sus opiniones son bastante típicas de cada género. De lo que estamos hablando es de Rosana, que es mi amiga pero me gusta. Me di cuenta hace dos meses, en un balcón, y ella ya lo sabe. ¡Fui tan torpe! Le dije que tenía un secreto para contarle y, días después, se lo conté... ¡por teléfono! Torpe no: fui un cobarde. Un cagón. 

Resultó un desastre. Me dijo que sólo quería ser mi amiga y terminé llorando como una rana durante 24 horas. Me acuerdo patente: fue la noche del 11 de enero y pasé el día siguiente deambulando, desde las 7 de la mañana hasta las 9 de la noche, por cualquier lugar. Lloré en la calle Colombres, en el Velódromo de Lomas y en su puerta.

Días después, volvimos a hablar y Rosana me pidió tiempo, porque estaba confundida. Y así estamos desde hace un mes. Yo la invité a estas vacaciones, donde estoy con Gaby, Gastón y Tati, pero dijo que no, que mejor no. Será porque le gusta un poco otro (ese tal Hernán) o porque no le gusto tanto yo. No lo sé. La vida es una mierda.

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Hago una pausa para decir que creo en la amistad entre el hombre y la mujer. ¿Sólo en caso de que uno no guste del otro? Todo lo contrario: es necesario que nuestras amigas y amigos nos gusten un poco. Lo digo en serio.

Si pasamos mucho tiempo con una persona, tiene que ser agradable mirarla. Me resulta imposible una amistad sin ese detalle fundamental. No me imagino compartiendo horas, charlas y mates con un tipo al que le salen muchos pelos de la nariz, o con una chica con flequillo. Esa gente no me seduce. Aunque suene superficial, confieso que elijo a mis amistades, primero que nada, por su belleza.

Antes de que algún susceptible empiece a los gritos, aclaro que no considero a la belleza una cualidad física, sino una construcción cultural. Con un cuerpo idéntico, podemos construir a alguien muy feo o a alguien hermoso. Es cuestión de estética, de modales, de vocabulario, de formas, de ideología. Y, especialmente, de gustos personales.

A mí, por ejemplo, Leandro y Andrey me parecen lindos. No tendría relaciones sexuales con ellos ni mamado, pero me gustan un poco. Y todas, pero todas las amigas que he tenido, tuve y tendré, también. Pienso ahora que la lejanía con mi amigo Pablo no comenzó cuando él se fue vivir a Campana; empezó cuando se hizo un peinado aburrido que no me gustó. 

¿Por qué, entonces, no somos pareja de nuestros amigos? Porque nos gustan, pero no lo suficiente. Nos gustan sólo un poco. Con un amigo podemos pasar una tarde, tal vez un fin de semana en carpa, hasta un mes viajando por el corazón de África; pero nos resulta insoportable pensar en dormir todas las noches, y para siempre, al lado de esa persona.

En general, los hombres heterosexuales niegan que sus amigos les parezcan lindos. Lo mismo pasa con las mujeres y sus amigas. Hasta ahí, no surge ningún problema. En cambio, las posibles amistades entre hombre y mujer siempre tienen falsedad o tensión. Existen tres casos.

■ 1) Uno finge ser amigo del otro, pero su deseo es revolcarse entre los yuyos o amarlo para siempre. Ahí hay falsedad.

■ 2) Uno finge ser amigo del otro porque antes compartieron un grupo de amigos. Pero en realidad, como no se gustan, cada vez que se juntan no ven la hora de salir rajando. Otra vez, falsedad.

■ 3) Los dos encuentran algo lindo en el otro, casi siempre están de acuerdo con lo que dicen, hasta consideran divertida la forma de caminar del otro. No soportarían ser pareja, pero tampoco les daría asco darse un beso. Ahí está la tensión. Ahí está la amistad.

Cuando los dos están en pareja, no hay problemas, porque novios y novias suelen derrotar por goleada a los amigos. Una novia acumula requisitos: te calienta, le lavarías las medias sin quejarte y te gusta mirarla cuando está con vos. La mayoría de las personas, en cambio, cumplen uno solo de esos puntos:

si alguien sólo te calienta, lo que querés es manosearlo;

si a alguien sólo le lavarías las medias, es que sos chino y tenés un Lave-Rap;

y si a alguien te gusta mirarlo cuando está con vos (pero no te calienta ni le lavarías las medias), eso es amistad.

Lo divertido de esas amistades ocurre cuando ambos están solteros; el fin de esas amistades suele llegar cuando uno está en pareja y el otro no. Pero de esos temas hablaré en otra ocasión. Fin de la pausa.

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Conocí a Rosana el año pasado. En realidad los dos fuimos a la Escuela N°29 (en distintos turnos) y somos compañeros en el Instituto Lomas desde 1999, pero no me llamó la atención hasta octubre del 2000, cuando, después de un monólogo que hice sobre el color ideal para las toallas, me envió un papelito en el que me preguntaba: ¿De qué color es el cielo?

Empezamos un intercambio de cartas, primero; de llamadas telefónicas, después; y de encuentros en la vereda, más tarde. Rosana fue mi primera amiga mujer y puedo jurar que, al principio, fue sincero. No me parecía linda, pero era ingeniosa, canchera y, especialmente, cocinaba: todos los días, a los 16 años, preparaba plato para cinco en su casa. Yo no lo supe hasta que me lo contó en una carta, en una de esas extensísimas cartas que me escribe. Algunas llegan a tener más de veinte páginas, como ésta:




El problema, como ya conté, es que una noche de diciembre supe que estaba enamorado de ella y todo se fue al diablo. Yo también tengo 16 años, pero no cocino y nunca le di un beso a una chica. Jamás. Ni siquiera estuve cerca.

El romance, a mí, me esquivó a lo bruto. Lo más cerca que estuve de saberme deseado fue un rumor en la primaria ("Yanina dice que no sos tan feo") y un mensaje que leí sobre mi banco ("Martín Estévez y Maira"), escrito por una chica que me daba miedo porque podía cagarme a trompadas con una mano atada. Si recuerdo esos dos casos es porque, de verdad, siempre fui indeseable

Nunca jugué al semáforo o a la botellita por temor a que, si a alguna chica le tocaba besarme, saliera corriendo. Ella, yo, los dos. Y para que no se burlaran de mí había inventado una mentira humilde y creíble: que mi primer beso había sido con mi vecina Carolina, mi novia durante unas semanas. En realidad, no fuimos novios, ni nos dimos un beso. En realidad, nunca tuve una vecina llamada Carolina.

Durante las vacaciones en Mar del Tuyú la pasé muy bien, aunque casi no hice otra cosa que hablar de Rosana. Tati, Gastón y Gaby no me aguantan más. Le busqué regalos, saqué fotos para ella, le escribí cartas. Rosana, Rosana, Rosana. 

¿Qué es, entonces, lo que tenés que hacer cuando una amiga te gusta? ¿Hacerte el boludo, tirar la amistad a la basura, pedir perdón, irte del país? ¿Qué es lo que tengo que hacer?, me pregunté una y otra vez desde aquella noche del 11 de enero y me lo pregunto también hoy, la tarde del 26 de febrero de 2001, en la que por fin volví a verla.

Y acá estamos los dos, desde hace horas en la vereda. Ya le regalé un caracol de peluche, una foto, un gancho de pelo, una carta. Las mujeres saben más de estas cosas, así que, como dijo Gaby, tendré paciencia, iré despacio porque, si ella me quiere, alguna vez terminaremos juntos. No importa el tiempo que haya que esperar.

Es la hora de volver a nuestras casas, me acerco y, como si fuera fácil, como si no fuera peligroso, como si no corriera el riesgo de comerme un cachetazo tremendo por desubicado, le doy un beso en los labios. Uno solo. 

Mil ochocientos treinta y tres días después, Rosana y yo celebraremos, lejos de esta vereda, el quinto aniversario de nuestro noviazgo.

jueves, 11 de agosto de 2016

Lo que aprendí en un balcón

Por Martín Estévez  ¤¤¤  Ilustración: Leandro Ramos

Es 21 de diciembre del 2000 y estoy nervioso. Tengo 16 años y desde hace nueve espero una noche como ésta. No es la fiesta de egresados de mi hermana Gaby lo que me tiene así, si no lo que va a pasar en esa fiesta: estará, invitada por mí, la chica más linda de todos los barrios. No tengo chances con ella: está de novia y no le gusto. El deseo es verla, por una vez, fuera del colegio. Charlar cinco minutos con ella. Sólo eso. Yo no lo sé, pero al final de la noche me llevaré una grandísima sorpresa.

Estoy enamorado de Violeta desde los 7 años. Siempre fui feo, gordo y torpe, pero empecé a cambiar hace poco. Crecí, adelgacé, tomé confianza. Me siento otro: hasta tengo amigos. Y ellos forman parte del plan. La idea es juntarme con Marcelo y Juan Manuel, pasar a buscar a Rosana, e ir todos juntos a la fiesta. Tres de mis cinco amigos estarán ahí para ayudarme a soportar los nervios hasta que llegue ella. Ella.


Marcelo y Juan fueron los intermediarios en la invitación, porque son amigos de Violeta. Yo no: yo sólo la amo. La amo en larguísimo silencio. El plan comienza bien pero sufre un imperfecto cuando pasamos a buscar a Rosana.


No puedo, no puedo ir me dice en la puerta de su casa, con los ojos medio llorososDespués te explico, quedate tranquilo.


Sé lo que pasa: Rosana está con problemas importantes. Su papá tiene problemas de salud; y ella, su mamá y sus hermanos no pueden pensar en otra cosa. Dudo un segundo sobre qué decir, qué hacer. Ella me salva.


Andá, Mar me dice. Es una noche importante para vos. Va a salir todo bien, vas a ver. Mañana me contás todo.


Las palabras de Rosana me tranquilizan. Si ella, en esa situación, tiene la generosidad de desearme el bien, tengo que responder con valentía. Vivir la noche en serio, disfrutar de Violeta sin profesores, guardapolvos ni horarios en el medio. Aprender a decirle "hola, gracias por venir" sin temblar como una hoja.


La fiesta avanza rápido. A Gaby la quiero, pero casi no presto atención. Hay cena, música, palabras emotivas. Eso que hay siempre. Yo sólo espero que nada raro pase, que todo siga su curso, que no se arrepienta: que Violeta entre, a la hora pactada, por la puerta principal del salón Torre del Sol.


Termina la parte formal de la fiesta y se acerca el momento esperado. Me siento más raro de lo que pensaba. Más incómodo de lo que pensaba. La noche, la música fuerte, las risas artificiales siempre fueron mis enemigas, pero eso no debería pasar hoy. No esta noche. Pienso por qué, por qué estoy tan raro, hasta que la veo. La veo. Ella.


Guau.


La había visto ciento ochenta veces por año. Tal vez mil ochocientas veces desde que la conocí en sala verde. Pero nunca así: con un vestido hermoso, los ojos delineados, sin tiza alrededor. Ay, Violeta, de dónde saliste, quién te trajo al mundo, quién me dio el derecho a conocerte. Qué se hace, cómo se hace, cómo te arranco de donde nunca estuviste. Ay, Violeta. Ay.



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Después de la conmoción inicial, todo vuelve a la normalidad. Violeta está simpática y conversa cosas triviales con nosotros. La música aturde, algunos gritan y circulan jarras con alcohol que no acepto. Estoy bastante callado y termino alejándome para deambular por el inmenso salón. No sé qué me pasa. No sé qué otra cosa esperaba.

Ya son casi las tres de la mañana y necesito aire. Salgo a un balcón lujoso que muestra casi toda la ciudad de Banfield y me siento en un escaloncito. Por primera vez hay luz nítida, y me miro: tengo una camisa arremangada, un jean canchero, el pelo corto. Después de mucho tiempo, no me siento feo. Pero me siento raro.

—¿Puedo? me pregunta Violeta y se sienta al lado mío con dos (dos) copas de algo. Sonríe. Me da una.

Son las tres de la mañana de una noche del mundo en la que no me siento feo y en la que Violeta se sienta al lado mío y me da una copa. Sopla un viento veraniego, siento su perfume, estamos en un balcón hermoso, con unas luces hermosas, con copas en la mano, ella tiene un vestido y yo tengo una camisa. Si hubiera imaginado algo para esta noche no habría sido tan perfecto como este momento. Si tuviera que guardarme una sola imagen de mi vida, un solo momento, sería este, este instante, esta noche, este silencio y est...

—¿Por qué estás triste? me dice ella. No entiendo lo que me me pregunta.

—¿Qué? le respondo.

—Si no querés no me digas, pero estás triste. Se te nota.

—No... No sé... —titubeo.

—¿Pero en qué pensás? me pregunta con vos suave, y me mira.

—No, que iba a venir Rosana, también... Pero tiene problemas en la casa, medio complicados... Ojalá esté bien.

—Es lindo que te preocupes por ella me sonrió. Va a salir todo bien, vas a ver. Mañana la llamás y listo... ¿Pero igual hubieras querido que venga, no?

—Y sí... La verdad que sí.

Nos quedamos en silencio, viendo la luna, durante varios minutos. Largos, pacíficos, enormes minutos. Minutos de verdad. Después aparecen Marcelo y Juan, un poco excitados, y se llevan a Violeta hacia otra parte. Yo me quedo solo, sentado, mirándome las zapatillas, con una copa en la mano, pensando, mirando, entendiendo, preguntándome, razonando y volviendo a entender. A entender.

Ay, la puta madre que me parió: estoy enamorado de Rosana.