viernes, 11 de mayo de 2018

Yo fui impotente

Por Martín Estévez

Escuché a muchas personas decir inmensas barbaridades, pero nunca a un hombre o a una mujer contar que no puede tener relaciones sexuales. Pronunciar “soy impotente” o “soy frígida” (o decir lo mismo evitando esas palabras de mierda) es muy difícil, es el infierno mismo en esta sociedad infernal. Casi todos preferimos contar que fuimos corruptos, que le pegamos a una vieja o que nos importan un carajo los demás antes que confesar que no se nos para el pene o no se nos lubrica la vagina.

Lo perverso no es que dos de cada tres personas tengan problemas sexuales, sino que el 80% de los casos de disfunción sexual (o, mal dicho, impotencia y frigidez) es estrictamente psicológico: cuerpos que funcionan bien a los que los nervios, la ansiedad, las malas experiencias, la presión los atan, los limitan, los censuran. Y aunque la solución más sencilla y directa es contar ese problema (como contamos que nos duele la cabeza o que nos salió un zarpullido en el pie), estamos obligados a callar, a guardarlo, a aumentar el sufrimiento embotellándolo dentro nuestro. 

Tengo mis teorías sobre por qué el placer sexual está mal visto, pero no quiero aburrirlos, sino hacer lo que suelo hacer en este blog: empezar a destrabar las puertas del infierno. Ser el primero en decir “soy impotente”.

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Mi pene siempre fue uno de mis grandes enemigos. Desde que tuve uso de razón hasta los 15 años, sufrí muchísimo por una extraña deformidad que tenía. Cuando lo solucioné viví sólo unos meses de calma, ya que a los 17 descubrí que era eyaculador precoz. Y cuando empecé a trabajar sobre eso, llegó el cachetazo final: la impotencia.

En el año 2005 tenía 21 años, y cuando mis únicos amigos (Pablo y Julia) me preguntaban por mi novia, respondía “de mi vida privada no hablo” y me hacía el superado. En realidad, de lo que no quería (no podía) hablar era de que llevábamos cuatro años en pareja y no disfrutábamos del sexo. Decenas, tal vez centenas de veces lo intentamos, siempre en el mismo lugar, siempre a la misma hora, siempre de la misma forma. Y aunque algunas veces terminábamos con menos angustia que otra, siempre, pero siempre estaba ahí la sombra negra de saber que no estábamos conformes, contentos, extasiados. Siempre cargamos una enorme frustración en la piel.

El doctor Juan Pablo Aguirre, que me soportaba desde hacía años, ya no sabía qué decirme.

–Es una cuestión de tranquilidad, de que se relajen –me explicaba–. Físicamente no tenés problemas. Si alguna vez tenés una erección, significa que siempre podés tenerla. Decime, ¿vos lo hablás con tu novia?


Y sí, doctor, lo hablábamos un montón, pero tal vez el problema no era cuánto hablarlo, sino cómo hablarlo. ¿Cómo hablar de algo que no sabíamos, que no entendíamos? ¿De cosas que no conversamos nunca con nuestras familias, en nuestra escuela ni con nuestros amigos? ¿Cómo aprender algo que nadie te enseña?

–Aunque no la necesites, tomate un cuarto de esta pastilla –me decía el bueno de Aguirre, y me daba 12,5 gramos de sildenafil, droga más conocida como Viagra–. Por ahí te sirve para empezar más tranquilo. 

Pero no: mi cerebro ya tenía demasiados años de frustración encima y no me permitía nada. Ni relajarme para que fluyera sangre del cerebro hacia abajo, ni pensar que el sexo no tenía que estar únicamente ligado a la genitalidad, a un pene entrando en una vagina. Yo no entendía que eso no era el principio del camino: era apenas un posible final. 

Cuanto más tiempo pasaba, más crecía el fantasma y más lejana parecía la solución. Por ese motivo, seguramente, en aquellos años era tan meloso, obsesivo, romántico: le escribía tantas poesías a mi novia, festejábamos tantos aniversarios ridículos, le tenía tantísima paciencia probablemente porque tenía culpa, una culpa abrumadora por lo que me pasaba. Tenía miedo de que un día se cansara de tanta frustración y se fuera por ahí, a buscarse a alguien que sí supiera, que sí pudiera. 

Un hombre que no juega al fútbol, no maneja un auto, no hace asado y no tiene relaciones sexuales, ¿cómo puede ser feliz en un mundo machista?

¡Cómo me cuesta pensar en esos días sin mezclarlos con aquella angustia! ¡Cuánto más hermosos serían los recuerdos sin esas madrugadas infinitas, sin esas despedidas agridulces! Hubiera cambiado todos los festejos exagerados, esas pavadas como “1500 días de noviazgo”, por una noche en la que nuestros cuerpos se entendieran tanto como nuestras manos. Pero no pasó. No hubo final feliz. 

Poco a poco hasta dejamos de intentarlo y, cuando nos separamos, sentí que mis traumas sexuales me perseguirían para siempre. Que tendría que seguir ocultando la frustración y el miedo en mi cerebro. Lo que no sabía en aquel momento era que justamente ese silencio, ese secreto putrefacto, era lo que me estaba cagando la vida.

Por eso, cada vez que me junto a charlar con alguien le cuento, antes que nada, esta historia. Le digo, con la voz firme y sin titubear, que fui impotente. Y si estamos en confianza soy capaz de usar palabras más groseras o graciosas, según para quién. “¿Sabés lo que es pasar cinco años sin que la chota te funcione?”, termino diciendo, y sonrío. 

No lo hago para que ustedes piensen que soy un maleducado de mierda, sino para lograr que, si a esa persona le pasa algo parecido, pueda contarlo. No ando gritando mi impotencia porque me parezca gracioso, sino porque alguien tiene que empezar, de una reputísima vez, a destrabar las puertas del infierno de la sexualidad.

martes, 10 de abril de 2018

Los milagros son apenas matemáticas

Por Martín Estévez 

Se los aviso: vengo a cagarles la vida. Si se creen especiales por algún motivo, estoy a punto de arruinarles esa sensación con una contundente demostración científica. Y si son razonables, después de leer este texto verán que todo es mentira, verán que nada es amor y que al mundo nada le importa. O mejor dicho, al mundo le importa una sola cosa: las matemáticas.


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Fue una tarde mágica, celestial. Que a un fanático de Racing como yo el diario Clarín lo enviara a un partido en Avellaneda ya era suficiente. Que ese partido fuera Racing-Independiente, sublime. Que Racing ganara el clásico de local después de 12 años, un sueño. Que mi ídolo, Lisandro López, metiera el 3-1 decisivo, el éxtasis. Pero si le sumamos que todo sucedió el 10 de abril de 2005, justo el día que yo cumplía 21 años, directamente hay que pensar que se trató de una señal divina, de un mensaje del más allá, de que (citando una pavada de Paulo Coelho), “cuando deseas alcanzar algo en la vida, el universo conspira para que lo logres”. 

¿Les gusta pensar esas cosas, no? Les encanta, seguro. Pero lo siento: no hay señales divinas ni conspiraciones galácticas. Lo que hay son probabilidades matemáticas, sólo eso. Lo raro sería que esas “magias” no existieran. Avancemos en la teoría, así la entienden. 

Algo es “especial” o “inexplicable” cuando es atípico. Nadie se considera especial por haber nacido un miércoles o por medir 1,72. Lo que creemos maravilloso es que una abuela, una madre y una hija cumplan años el mismo día; que alguien caiga de un cuarto piso y sobreviva. Nos conmueve padecer una enfermedad que sufre una de cada cien mil personas; o soñar con un accidente terrible la noche anterior a una catástrofe mundial. Cuando eso sucede creemos estar en presencia de algo “sobrenatural”, “mágico”, “metafísico”. 

Pero no, gorditas y gorditos. No. Lo que pasa es simplemente el cumplimiento de las probabilidades. 

Todos tenemos algo “especial”, improbable, raro, porque así lo determinan las matemáticas. El que mide 2,12 metros, el que se salva de tomar un avión que se cayó, la única pianista entrerriana que tocó en Japón: todos son “especiales”. 

Los consideramos así porque centramos la mirada en la única probabilidad rara que se les cumplió, pero no en las millones de probabilidades en las que son “normales”. Analicemos tu caso, estimado lector o lectora. Vos tenés: 

• Una posibilidad en 175 de ser muy pero muy bajo, o muy alto, o muy gordo, o muy flaco. 
• Una posibilidad en 183 de nacer el mismo día que tu mamá o papá. 
• Una posibilidad en 250 de haber sobrevivido a un accidente grave.
• Una posibilidad en 365 de nacer el mismo día que tu hermano. Si tenés cuatro hermanos, la chance aumenta a una en 92. 
• Una posibilidad en 500 de sufrir el síndrome de Brugada, porfiria eritropoyética o tetralogía de Fallot. 
• Una posibilidad en 4000 de haber nacido con un dedo menos, o un dedo más. 

Nombro seis, pero existen millones de “cosas rarísimas” que son simples probabilidades. Probabilidades que encima son acumulativas y están metidas en cada detalle de nuestra vida. Continúo la explicación.

Si sumamos las rarezas que nombré, cada uno de nosotros tiene el 5% de probabilidades de cumplir con alguna. ¡Y son apenas seis rarezas! Como existen millones y las probabilidades de tenerlas son acumulativas, eso genera que, finalmente, tengamos ¡más del 95%! de probabilidades de protagonizar alguna “rareza” en nuestras vidas. 

Insisto: son tantas las cosas “raras” que podrían pasar, que cada tanto alguna pasa. Y cuando pasa pensamos que es mágico, increíble, porque no nos damos cuenta de todas las que no pasaron. Por ejemplo, sería “especial” si, mientras escribo este texto, en televisión nombraran la palabra probabilidad, alguien me hablara de aquel partido de Racing o si sucediera una catástrofe justo ahora. Pero nada de eso está pasando, ni pasará. Y por cada miles de “rarezas” que no suceden, alguna tiene que suceder.

Todo esto no es menor, porque la felicidad en nuestra vida depende de las matemáticas. Podemos hacer las cosas lo mejor posible durante años, pero si nuestros seres queridos nos organizan una fiesta sorpresa y antes de que lleguemos hay una pérdida de gas y mueren todos, no seremos felices. Es una probabilidad “rara”, pero una posible, y que no depende de nosotros.

También puede pasar lo contrario: nos desmayamos en una vía de tren y, como justo había paro ferroviario, no hay trenes y nos salvamos. Son cosas poco probables; pero como ya vimos, lo poco probable, sumado, se transforma en bastante probable. 

Seguro que algunas de esas situaciones rarísimas te pasaron, o te van a pasar, y van a marcar tu vida para bien o para mal, sin explicación, sin justificación, sin otro sentido que el de ser una probabilidad matemática que se cumplió o no. 

¿Eso significa que no importa lo que hagamos, que todo depende de la suerte? No. Al menos, no exactamente. Lo que tenemos que hacer si queremos ser felices es aumentar las probabilidades de que nos sucedan cosas favorables. Todo el tiempo, a cada minuto, con cada acción estamos modificando esas chances. Eso no nos garantiza la felicidad, pero matemáticamente nos acerca a ella. 

Por ejemplo, si vas a la cita más importante del año, no vayas sobre la hora: hay un 15% de chances de demoras de tránsito, siempre. 

Si no querés que te pise un auto, no cruces la calle por cualquier lado ni mirando el teléfono. 

Si no querés que todos tus seres queridos mueran por una pérdida de gas antes de tu fiesta sorpresa, deciles que no te gustan las sorpresas o hacete amigo de un plomero con buen olfato, así lo invitan. 

La teoría es compleja, pero creo que la van entendiendo. Es cierto que podemos hacer todo bien y que las matemáticas igual nos jueguen en contra: que llueva cuando íbamos a ir a la plaza; que se corte la luz cuando tenemos que usar la computadora; que no nos quiera justo la persona a la que más queremos. 

Puede ser que hagamos todo para ser felices y no lo seamos, pero nunca sucede lo contrario: no hay probabilidad de ser felices si no hacemos algo para serlo. No hay situación “rara” que signifique felicidad duradera: ni ganar la lotería, ni curarnos de una enfermedad, ni tener una familia cariñosa. Todo eso lo podemos arruinar en segundos: usando mal la plata, cruzando mal la calle, tratando mal a los que nos quieren. Arruinando las probabilidades. 

Entonces, aunque corramos el riesgo de que las matemáticas nos destruyan, la única chance de ser felices es aliarnos a ellas: entenderlas, aplicarlas, volverlas a nuestro favor. Sí o sí, tenemos que aliarnos con las matemáticas para poder sonreír. 

Ahora mismo, por ejemplo, hay una probabilidad en diez millones de que este texto me convierta en un escritor famoso y me permita vivir de lo que amo. Una en diez millones: probabilidad casi inexistente. Pero si no lo escribiera, la posibilidad sería cero. Ninguna. 

Acá estoy, entonces: compartiendo este texto pero también comiendo sano para evitar enfermedades; evitando ser violento para bajar las chances de que me caguen a trompadas; saliendo con tiempo a las citas importantes, tratando lo mejor posible a los que me quieren y avisándoles a todos que no me gustan las fiestas sorpresa. 

Termino el texto acá porque si sigo escribiendo aumentan las probabilidades de que se cuelgue la computadora, de que me interrumpan antes de terminar o de que se aburran leyendo. Y también ahora mismo me siento más derecho en la silla, así disminuyo las chances de tener dolor de espaldas, contracturas o desviación de columna. Y también me voy a leer apuntes, así mejoro el porcentaje de chances de aprobar literatura latinoamericana. 

Voy a hacer todo eso, y especialmente voy a espiar en cada rincón, voy a mirar a mis espaldas, voy a estar siempre atento a cada detalle, porque las probabilidades matemáticas están en todos lados y tenemos que modificarlas porque, espero que lo acepten de una vez, todo lo especial, raro, bueno y malo de nuestras vidas depende de ellas.

domingo, 1 de abril de 2018

¿Qué onda, che, cómo se lee este blog?

► Cuento mi vida en orden cronológico en estos textos:

• Burum bum bum (1990)
• Walter Castaño (1990)
• El amigo que perdí (1990)
• El peso de la langosta (1991)
• Violeta (1991)
• Lo que ellas no pueden decir (1991)
• 1992 (1992)
• La edad de mis preocupaciones (1992)
• Apenas algo de Tavárez (1992)
• Y él respondía "nada" (1993)
• La culpa la tiene Casciari (1993)
• El Mundial '93 (1993)
• Terapia infantil (1994)
• Rodolfito (1994)
• Ir a la cancha es una mierda (1994)
• ¡Soy varón, la puta madre! (1995)
• Martín Estévez en wikipedia (1995)
• La esperanza no desciende (1995)
• Duhalde, mi buen amigo (1996)
• Esquinas (1996)
• Hoy maté al Piojo López (1996)
• El doctor Moldes (1997)
• Mi problema con Milito (1997)
• Los Chakales 1 - Borges 0 (1997)
• Verano del '98 (1998)
• No terminé el colegio (en serio) [1998]
• Mi mentira tiene patas largas (1998)
• El día que salvamos a Racing (1999)
• Mi papá (por fin me animo) [1999]
• Rencorito (1999)
• Me cortaron el pene (2000)
• Lo que me enseñó Marisa (2000)
• Los Andes es sólo una cordillera (2000)
• La basquetbolista más linda (2000)
• El Asesino Anónimo (2000)
• Lo que aprendí en un balcón (2000)
• Qué hacer si gustás de tu amiga (2001)
• Por qué odio Bariloche (2001)
• Tan cerca del dolor y de la fiesta (2001)
• La mentira del periodismo deportivo (2002)
• ¿Y vos de qué trabajaste? (2002)
• Yo fui eyaculador precoz (2002)
• La revista más pobre del mundo (2003)
• La agenda de la vergüenza (2003)
• Mi primera muerte virtual (2003)
• ¿Quién es el presidente de tus amigos? (2003)
• Estoy enfermo (2004)
• En paz descanses, e-mail (2004)
• Clarín me genera orgullo (2004)
Dejame en paz, Lisandro (2004)
• Los milagros son apenas matemáticas (2005)
• Yo fui impotente (2005)

► Textos "personales" pero sin orden de tiempo:


• Vanina (escrito en 2009)
• Tamara (aunque ella prefiera otro título) [2010]
• Últimos días con mi abuelo (I) [2010]
• Últimos días con mi abuelo (II) [2010]
• Últimos días con mi abuelo (III) [2010]
• Primeras tardes sin mi abuelo (I) [2010]
• Primeras tardes sin mi abuelo (II) [2010]
• Primeras tardes sin mi abuelo (III) [2010]
• Quería llamarme Javier (2010)
• El último clásico (2011)
• Vivir solo (2012)
• Cuadras y barquitos (2012)
• Yo también soy Damián Toledo (2012)
• El que no arriesga, no pierde (2012)
Perdió Racing y estoy feliz (2015)
• Primeros años sin mi abuelo (2015)
• El pelotudo de la mesa 51 (2016)
• Los orgasmos de mi abuela (2016)
• El asesinato de mi tía-abuela (2017)

► Otros textos:

• Ausencias (escrito en 2006)
• Imposibles (2006)
• Soy maestra (2009)
 Soy ladrón (2009)
• Soy boliviano (2010)
• Los cedros (2011)
• Historias de sueños (2012)

► Poesías viejas que me avergüenzan pero las dejo porque perdí una apuesta: 

Y siempre (escrita en 1998)
 Historias secretas (1999)
 Te sigo perdiendo (2000)
 Acariciando tus manos (2001)
 Sueño de una noche de invierno (2002)
 El día que fui silencio (2003)
 Una fresia por cada sonrisa (2005)
 Neuquén (2007)
 Tu voz sin barniz (2007)
 La peor parte de Arjona (2007)
 Lo que queda de vos (2007)
 El vals de los milagros (2008)
 El secreto que ya sé (2008)
 Micaela (2009)
 Soneto para los que luchan (2016)

► Textos que fingen ser sobre deportes pero hablan de otra cosa: 

 Mundo Messi (2006)
 Cuentos asombrosos (2011)

lunes, 29 de enero de 2018

Dejame en paz, Lisandro

Por Martín Estévez 

¡No se vayan, por favor! ¡No voy a hablar de fútbol! Sé que muchas (y muchos) de ustedes están hartos de que escriba sobre partidos, campeonatos y esas cosas, pero déjenme decirles algo: yo también tengo los huevos llenos de que, cada vez que alguien me ve, la primera comunicación, el tema fácil, lo inevitable sea la pregunta: “¿Y, cómo ves a Racing?”. 

¿Saben cómo lo veo? Lo veo como el orto. Veo a treinta futbolistas llenándose de guita, a cuarenta mil personas pagando un montón de plata por mes para sostener esos sueldos aberrantes, a barrabravas haciendo negocios y a un ambiente de mierda, machista, hipócrita, lleno de mentirosos, corruptos, egocéntricos y mafiosos que se cagan en las pocas cosas lindas que podría tener el fútbol. 

Estoy a punto de separarme de Racing, de terminar con la simbiosis que desde 1990 me hace tener piernas celestes, brazos blancos, dedos celestes, uñas blancas, vísceras celestes, entrañas blancas. Estoy cerca de lograrlo, muy cerca, incluso más cerca de lo que estuve en el año 2004.


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En 2004 tenía 20 años y trabajaba en Clarín. Entre varias tareas, cubría los entrenamientos y partidos de Lanús. Vivía el día a día con el plantel, me sabía cada detalle. Por eso, rápida e inevitablemente, supe más sobre Lanús que sobre Racing. 

Cuando la Academia jugaba, yo estaba en una cancha de básquet, en la redacción o mirando a Lanús. Apenas podía escucharlo por radio. Para peor, aquel Racing era apático: no peleaba el campeonato ni el descenso, lo gerenciaba una empresa nefasta y contrataba desconocidos que no llegaban a nada. De 10 partidos, empató 3 y perdió 7. 

Cuando el tiempo dedicado a Lanús y a Racing era casi el mismo, en el diario me designaron para cubrir Almagro-Racing. Fue el 13 de noviembre de 2004. Un pibito que tenía un año más que yo, Lisandro López, metió dos golazos y Racing ganó 2-0. Me tocó entrevistarlo, conversar con él, escribir la nota. Esa tarde, la Academia y yo consolidamos nuestra simbiosis por otros catorce años. 



La culpa de mi extremo vínculo con Racing es casi toda mía, porque desde los 6 años fui un parásito que se alimentó de fútbol, pero el azar no me ayudó. Intentaré explicarles por qué. 

Tuve tres ídolos. Entre 1993 y 1996, el Piojo López, que se fue a España. Entre 1997 y 2003, Diego Milito, que se fue a Italia. Y entre 2003 y 2005, Lisandro López, que se fue a Portugal. Luego, nadie más. 

Ahí es cuando intervino el azar: en febrero de 2007 no quedaba ninguno y mi primera novia me rompió el corazón. Yo iba a tirar a la mierda todo (incluido el fútbol) para empezar de cero, pero el Piojo López volvió a la Argentina para retirarse en Racing. No pude evitar mezclar mis emociones y redoblé mi fanatismo: me hice socio y empecé a ir a la cancha siempre. 

Recién el 17 de julio de 2014 corté el cordón futbilical y maté al Piojo López. Con tanta mala suerte que, justo en ese momento, Diego Milito decidía volver para retirarse en Racing. Puta madre. 

Mi historia con Milito también la compartí: su retorno fue mítico y sacó campeón a Racing, pero sentí alivio cuando anunció que se retiraría en el 2016. Fue una liberación enorme. 

Me junté con mis amigos, con mi familia, con la chica con la que me gusta dormir, con la señora que atiende la dietética, con todos para anunciarles que en el 2016 terminaba mi condena. Que me dedicaría al trabajo comunitario, a tomar mate, a escribir boludeces. A lo que fuera, menos a faltar a reuniones porque había partido, a esperar colectivos en Avellaneda a la una de la mañana, a arruinar vacaciones recorriendo pueblos inhóspitos para ver un irrelevante amistoso de verano. Por fin, Racing y yo seríamos entes separados.

Pero en enero de 2016, me cago en la leche, volvió Lisandro.


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Tengo un testigo: hágase presente en el estrado Nicolás Briant. Nico estaba sentado al lado mío el 4 de abril de 2001, cuando abrí el diario y leí que un tal Lisandro López había metido tres goles en un partido de Quinta División. Lo miré y le dije: 

—Tengo un ídolo nuevo. 

Fue un poco por deseo y un poco por sabiduría. Lo deseaba porque su apellido y posición eran las mismas que las de mi primer ídolo. Pero lo sabía porque meter tres goles en un partido era una hazaña: Racing tenía unas divisiones inferiores tristísimas. 

Desde entonces seguí su carrera en Racing, en Portugal, en Francia. Pero después eligió Brasil y Qatar (¡Qatar!) antes que Avellaneda, y sospeché que no quería tanto a Racing como yo pensaba. Por eso, cuando volvió después de once años, traté de seguir con mi objetivo: separarme de Racing. 

Lisandro no me la hizo fácil: le metió un gol de chilena a Independiente en el minuto 90; y después le clavó otros dos para golearlo por primera vez en 41 años. Yo estaba por ceder: hasta convencí a mis compañeros de El Gráfico de que fuera la tapa de la revista

Pauté una entrevista con él con mucho tiempo de anticipación pero, la noche anterior, Racing perdió 1-0 contra Gimnasia y quedó eliminado de la Copa Argentina. 

Era el fin de la idolatría, porque yo sabía que nada me conformaría: si Lisandro no me daba la entrevista con la excusa de la derrota, no cumpliría con su palabra, lo que sería imperdonable. Y si, a pesar de semejante derrota, me daba la nota como si nada, significaba que no quería tanto a Racing, lo cual era todavía peor.


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El 20 de octubre de 2016, a las 11 de la mañana, yo era el único periodista en la sala de prensa. Los jugadores decidieron no hablar después de la derrota. El fútbol y el periodismo me tenían harto: llovía, hacía frío y sabía que estaba ahí solamente para derribar la estatua de un ídolo. Para cerrar una etapa en mi vida. 

Lisandro entró puntual, con cara de pocos amigos. Yo lo miré fijo, con cara de menos amigos todavía. Ninguno de los dos quería estar ahí. 

—Perdoname que esté así —me dijo—, pero lo de ayer fue durísimo. Vine solamente porque te había dado mi palabra. Así que si no necesitás que sonría mucho para las fotos, podemos hablar de lo que quieras. 

No sé por qué no le di un beso en la boca, si por heterosexualidad o por respeto, ¡pero, ay, Lisandro, cómo te quise en ese momento! 

Fue una de las entrevistas más largas y lindas que hice. Miramos libros sobre su carrera que eran “de un amigo” fanático suyo. Me contó cosas que jamás había contado; entre ellas, por qué no había vuelto antes. Y cuando terminamos le dije que el fanático era yo, y que le podía regalar esos libros. Me dijo que sí, y que para él había sido una entrevista linda. Antes de despedirnos, a coro, nos dijimos: 

—Lástima lo de ayer… 



Quince meses después de esa mañana, pasó de todo. Primero dejé de ser socio, pero iba a la cancha con la acreditación de prensa. Después dejé de ver a Racing de visitante, porque no lo pasaron más por la tele. Y hace poco dejé de ir de local, porque me quedé sin acreditación y sin trabajo. 

Los problemas familiares, el trabajo comunitario, la enfermedad de mi abuela, la convicción de usar la plata y el tiempo en cosas mejores que en el corrupto negocio del fútbol: todo me fue alejando de Racing hasta llegar a este presente en el que ya ni sé quiénes son los refuerzos. 

Les pido perdón, porque les dije que no iba a hablar de fútbol y al final lo hice, pero también les pido paciencia: ya falta poco para transformar mi relación con Racing en algo normal, llevadero, sano. 

Avancé mucho: este sábado me iré a un pueblo de Santiago del Estero y ni se me ocurrió planificar el viaje según los días que juega Racing. Ya no. No me interesa. 

Eso sí: si el domingo a las 21:30, justito, por casualidad, como quien no quiere la cosa, ando por algún bar santiagueño, y justito, por casualidad, como quien no quiere la cosa, tiene televisión, voy a preguntar si no ponen Racing-Huracán un segundo, un ratito, noventa minutitos, para verlo a él, al que nació en un pueblito de 900 habitantes, al de la camiseta 15, al pibito del diario, al que volvió después de once años, al que tan bien me trató aquella mañana de 2016. Para ver una vez más, en los instantes finales de su carrera, al último ídolo de mi vida.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Clarín me genera orgullo

Por Martín Estévez

Acaban de llamarme de Clarín para decirme que el sábado empiezo a trabajar en el diario. Aunque finja que no me genera gran cosa, es una buena posibilidad para saber si sirvo en esto del periodismo deportivo. No estoy de acuerdo con la ideología de la empresa, pero supongo que hay que adaptarse, ¿no? Tampoco uno puede andar renunciando a Clarín porque el diario sea cómplice de injusticias.

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Ayer, 24 de abril de 2004, cubrí mi primer partido: San Martín de Burzaco contra Sacachispas. Al entrar al estadio, dos gordos grandotes se me pusieron enfrente y me dijeron: “Sabemos quién sos”. Yo no pensé que la fama llegaba tan rápido.

—Ya te vimos acá otras veces, estamos vendiendo rifas para una camiseta —me “explicaron”.

—Pero yo no vine nunca, no tengo plata... —respondí con los anteojos empañados.

—Dale, cómo no vas a tener 3 pesos, danos 3 pesos y después te cuidamos todo el partido, así trabajás tranquilo. 

Además de cuatro boletos de colectivo a 75 centavos, entonces, pagué 3 pesos de extorsión. Sin contar la llamada desde el celular de Tati (al diario, cuando terminó el partido) y el cagazo que me pegué, de los 20 pesos que me dio Clarín, me quedaron 14. Algo es algo. 

Ah: ganó Sacachispas 2 a 1 y en el diario salieron cuatro líneas. 

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Al principio sólo cubría partidos del ascenso, ahora me designaron para los entrenamientos de Lanús. Empiezo mañana, pero hoy me pidieron que investigue algo: varios socios denunciaron que la barra brava los echó de una asamblea. Me pasan el teléfono de un dirigente del club y lo llamo:

—Mirá, Martín Estévez —me dice después de dos preguntas—. Son todas mentiras, es un tema sin importancia. Si querés trabajar tranquilo en el club, lo mejor es que no se publique nada. Ya tengo tu nombre y no creo que quieras que se lo pase a nadie.

Y cortó. Salí corriendo a contárselo al editor de la página.

—Eran sólo unas líneas, así que no te preocupes, no ponemos nada —me “explica”—. Buscamos algo de otro equipo y listo.

—¡Pero yo mañana tengo que ir al entrenamiento! ¿Cómo hago?

—Andá, andá tranquilo, y si pasa algo nos avisás.

Fui, y no pasó nada. Pero durante los primeros tres meses, por las dudas, no le dije mi nombre a nadie.

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Los pasantes no pueden firmar notas. Trabajan como burros y sus nombres no salen en ningún lado. Clarín se evita problemas legales: intenta no dejar rastros de que estuvimos ahí.

El 26 de junio era el último día en que un periodista llamado Néstor Straimel trabajaba en el diario. Esa tarde, Almagro ascendió a Primera y el cronista tuvo problemas para volver a la redacción. Él estaba a cargo de ese partido.

—Vos, ¿estás libre? —me preguntó y ni siquiera me dejó 
responder—. Necesitamos 62 líneas sobre la historia de Almagro en una hora, ¿te animás?

Tampoco me dejó responder: sólo me dijo sobre qué documento había que tipear. Cuarenta minutos después, había terminado. No es que sea veloz: es que era de noche y la redacción está en Constitución. No quería irme tan tarde.

Al otro día, cuando me desperté, Tati me dijo que le había gustado mi texto, pero yo no entendía cómo sabía qué nota había escrito. Y, después de verla, tampoco supe qué palabras borró Straimel para, en vez de las 62 líneas, usar 61.


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Me llevó semanas lograr que los demás pasantes entendieran que yo no era familiar de Straimel. Que no había acomodo. Se hizo evidente, porque Clarín me exprimía: hubo días en los que, por 20 pesos, a la mañana iba al entrenamiento de Lanús, a la tarde escribía sobre otros clubes y a la noche me quedaba cubriendo la Liga Nacional de básquet.

Un viernes, a eso de las 23:30, un editor maltrató a otro pasante, Julián Villadangos, porque había entendido mal qué cantidad de líneas correspondían a cada partido. Lo hizo sentir mal. Recién ahí descubrí mi primer límite: el sábado entregué mi credencial de la Liga Nacional y no volví a cubrir básquet.

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En esos 13 meses de pasantía no vi la final de Roland Garros entre Gaudio y Coria porque me mandaron a recorrer bares a las 7 de la mañana; entrevisté a Diego Milito y a Lisandro López; y cubrí un triunfo de Racing sobre Independiente el día de mi cumpleaños.

Conocí buenas personas (Ariel Scher, Eduardo Menegazzi, Adrián Maladesky) y soporté a otras. Al no tener computadoras propias, usábamos las de periodistas que no estaban. Y cuando alguno aparecía, tenías que buscar otra. El peor era Horacio Pagani: directamente te apoyaba el bolso sobre el teclado, como para que no tardaras más de veinte segundos en irte.

Días después del final del contrato, a Sebastián Fernández y a mí nos contrataron durante tres meses más para escribir “productos especiales” junto a dos pasantes de la camada anterior. Primero hicimos un libro sobre la historia de Estudiantes en 45 días; después, uno sobre tenis argentino en 30; y al final, uno sobre un corredor de autos en 15. Y otra vez adiós.

El teléfono volvió a sonar en enero de 2006: me llamaron para comenzar de urgencia la guía del Torneo Clausura que iba a publicar el diario. No se sabía cuánto me pagarían, pero necesitaban que arrancara enseguida.

Así que al otro día estuve en la redacción trabajando para la guía y, cuando me fui, me dijeron que esperara un llamado de recursos humanos para firmar el contrato antes de volver, así todo se hacía prolijamente.

Nunca más me llamó nadie.

Ni de recursos humanos, ni de la redacción, ni los dos editores que me hicieron trabajar ese día (Sergio, Daniel: estuvieron muy mal). No solamente no me pagaron el día sino que, cuando salió la guía, había dos textos míos a los que no les habían modificado ni una sola línea. Clarín, el gran diario argentino.

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En mayo de 2010 mi vida era un caos: tenía dos trabajos que casi no me daban plata, mi abuelo estaba enfermo, iba a la facultad, hacía teatro y tenía una relación de pareja conflictiva. Una tarde me llamó Ariel Scher y me dijo que existía la chance de volver a Clarín: otra vez un contrato temporal, más que nada para trabajar los fines de semana. Necesitaba una respuesta urgente.

Corté, lo pensamos quince minutos con Tamara y lo llamé: bueno, dale, Ariel, cuándo empiezo.

Dos días antes de empezar, murió mi abuelo. 

Pensé que volver al diario me iba a ayudar, que encontraría viejos conocidos y nuevos desafíos, pero nada de eso pasó. Encontré periodistas cinco años más viejos y cinco años más aburguesados. Encontré nuevos compañeros que me veían más como competencia que como un amigo potencial. Me encontré triste e incómodo en un medio gris, del que ya no me separaban diferencias ideológicas, sino un abismo insalvable.

Esa vez sí tuve acomodo: no sé por qué, pero Ariel Scher hizo lo posible para que yo fuera feliz. Me dio libertades, me eligió para cubrir a Racing y, especialmente, conversó mucho conmigo.

Igual, dos meses después de entrar ya me sentía ahogado y no tenía ningún otro trabajo, apenas una chance dando vueltas. ¿Qué iba a hacer, entonces? ¿Tampoco uno puede andar renunciando a Clarín porque el diario sea cómplice de injusticias, no?

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El 3 de agosto de 2010 caminé decidido hasta el correo y por fin lo hice: renuncié a medios de comunicación que me den asco, a trabajos en los que me maltraten, a quedarme estancado por conformismo barato.

Renuncié a empresas que no me paguen el día trabajado, al miedo a quedar fuera del sistema, a ser cómplice de la explotación, las mentiras y las injusticias.

Renuncié al monstruo gigante que ensucia la realidad argentina desde hace décadas, al que nos miente todos los días, al que oculta con sus páginas la sangre de los que luchan.

El 3 de agosto de 2010, con orgullo y para siempre, renuncié a Clarín.